LA FRASE DEL AÑO

La frase del año que acaba de terminar fue sin duda la que soltó el mozo d’escuadra al guardia forestal que se manifestaba por la república catalana: «¡La república no existe, idiota!», que puede traerle complicaciones y debió dejar pasmado al otro, como al segundo Napoleón en Waterloo, soñando todavía en ser emperador de los países catalanes. Oír decir a un mosso, embrión del ejército catalán, que todo ha sido un sueño y zurrar badana a quienes siguen creyendo en él, tuvo que ser traumático.

Lo corrobora el desconcierto que reina en sus filas, con el secretario general de su partido, Ferran Bel, inclinándose por apoyar los presupuestos de Sánchez, mientras su suplente, Torra, animaba a los suyos a «redoblar el esfuerzo para lograr la libertad colectiva» exigiendo a Sánchez «acabar con la represión penal para cuestiones políticas» e iniciar un diálogo de forma «creíble, sincera y valiente».

Claro que se anda con mucho cuidado con lo que hace, no vaya a acabar en la cárcel, como los que ya lo están. En cuanto al diálogo, ya sabemos lo que entiende por él: no una conversación entre dos personas para alcanzar un acuerdo, sino presentar sus demandas y que el otro las acepte. Por si eso no bastara, pide, además, «mediación internacional». Si eso es diálogo, los regateos en las ferias de ganado son alta diplomacia.

Que tres amigos catalanes me repitieran la frase del mosso al felicitarnos las fiestas demuestra que ha hecho fortuna. Aunque lo sabíamos desde que los mismos que proclamaron la república catalana la suspendieron a las pocas horas. No existe.

Desde entonces, los nacionalistas viven en un mundo virtual, con un pie en la nube y otro en la tierra. Así, abandonan el Fondo de Liquidez Autonómica, que regula la financiación de las autonomías, pero siguen buscando ayuda del Estado a través del Fondo de Facilidad Financiera.

Concretamente, este año le piden 6.713 millones de euros, que añadir a 57.923 millones que ya le deben. Dicen que es para «lograr mayor soberanía financiera y acudir un día al mercado internacional». Imaginen la financiación que van a encontrar cuando sus bonos están clasificados como «basura» por las principales agencias de evaluación.

No hay duda de que el soberanismo catalán ha entrado en fase de trauma. Ellos, tenidos por los más realistas y prácticos de los españoles, no son capaces de diferenciar los sueños de la realidad. Les han contado tantas mentiras, les han pintando una ida a Ítaca tan fácil y prometido un futuro tan risueño, que buena parte, incluidos esos amigos barceloneses que me citaban con tanto asombro como admiración la frase del mosso d’escuadra al guarda forestal, que les cuesta creer que todo ha sido un sueño.

El nacionalismo, a la postre, no es más que una religión laica que promete el cielo en la tierra y, si se toma con fe de carbonero, lleva a amargos desengaños. Claro que, en este caso, tiene un aliado en la Moncloa que les permite seguir soñando. Es su última oportunidad. Para ambos.

José María Carrascal ( ABC )