El gesto del presidente turco, Tayip Erdogan, de reconvertir Santa Sofía en mezquita, ha inflamado a los nacionalistas turcos y a algunos sectores islamistas (no a todos), pero en el fondo revela una profunda debilidad. Ya no queda rastro de aquel líder reformista que, con algo de ingenuidad, fue saludado en Europa como un referente de la incardinación del islamismo moderado en las coordenadas de una democracia asimilable a la occidental.

La crisis económica está produciendo desencanto, especialmente en la clase media ilustrada y urbana, la represión contra los adversarios políticos y mediáticos se ha exacerbado, y las aventuras militares para asegurar la hegemonía turca en el Próximo Oriente distan mucho de ser un camino de rosas.

Por eso Erdogan, siempre desafiante, toca ahora la peligrosa tecla en la que confluyen nacionalismo y religión. Pero tras el fervor inicial, la frustración seguirá avanzando. El estatus actual de Santa Sofía era pacíficamente aceptado por la mayoría, y significaba un espacio de encuentro y diálogo entre dos mundos, en cuyo gozne podría encontrar el país una vocación histórica de futuro.

Desgraciadamente, Erdogan no tenía luces tan largas como algunos suponían. Durante meses ha recibido numerosos mensajes que le advertían del escaso rédito que puede cosechar con este peligroso movimiento, que aleja más aún a Turquía del eje europeo.

Las minorías cristianas del país están comprensiblemente preocupadas por el mar de fondo de esta deriva, pero es que en el mundo musulmán tampoco ha provocado entusiasmo. A estas alturas los líderes de los principales países árabes acumulan una intensa desconfianza hacia un Erdogan que dispara en todas direcciones, y a quien nadie está dispuesto a reconocer una especie de «sultanato» en la zona, ni siquiera moral.

El régimen de Ankara empieza a girar como una peonza que amenaza con desestabilizar toda la cuenca mediterránea. Preocupa a todos, pero seguramente será él mismo quien entre en colapso a medio plazo.

Esperemos que haya alternativa, porque Turquía es demasiado importante como para quedar fuera de control.

José Luis Restán ( ABC )