LA FUERZA DE LA HIPOCRESÍA

Desde hace tiempo se dice que la libertad de expresión peligra. Hablamos de espirales de silencio, de la amenaza de enjambres digitales prestos al linchamiento público de quien opina “incorrectamente”, de dictaduras de la mayoría que avasallan a los poderes del Estado y ejercen presión moral sobre la sociedad, o de la activa persecución de los irreverentes que osan mofarse de la cultura dominante.

Cuando Torra afirma que Cataluña vive una crisis humanitaria, sabe que es falso, pero no pretende abrir un debate. Se encierra en la Verdad del clan, precisamente para reforzarla e impedir la conversación. Hay cosas que no podemos sostener sin saltar fuera del espacio común, que solo se esgrimen cuando el lazo de convivencia está roto. Esta espistemología tribal nos dice que los grupos tenemos nuestro propio criterio de verdad, inmune al criterio de otras tribus. Se quiebra así la relación pública, que ya no busca la conversación porque esta se refiere al mundo compartido. Y se trataba, recordémoslo, de discernir conjuntamente los asuntos de la polis.

Frente a lo que se piensa, lo políticamente correcto, las buenas formas, el reconocimiento del otro en su particularidad, incluso los halagos y el gesto afable muestran que asumimos el riesgo de confiar en la conversación. Porque conversar es precisamente “vivir, dar vueltas en compañía”. Jon Elster lo llamó “la fuerza civilizatoria de la hipocresía” y presupone una relación ética entre quienes discuten, responsabilizándose mutuamente del dialogar. No es que vaya en contra de la libertad de expresión, sino que a veces es condición necesaria para su realización.

Miriam Martínez ( El País )