Problemas de abastecimiento de combustible en Reino Unido, escasez de microchips en la industria del automóvil, elevados porcentajes de desempleo y sectores con dificultades para encontrar trabajadores cualificados, un enorme conglomerado empresarial a punto de quebrar en China… Las noticias más recientes apuntan en una única dirección: otra crisis económica acecha; «otra» considerando que la previa a la crisis sanitaria hubiera llegado a desaparecer y dejar paso a una época mejor, lo cual es muy discutible.

Esta vez podría venir desde Oriente en lugar de Occidente, pero no dudemos que la infección podría alcanzar el resto del planeta con más virulencia que la pandemia coronavírica. El último siglo nos ha recordado varias veces que un problema originado en la zona X no tarda mucho en expandirse al resto del abecedario, no siendo la E de España una excepción.

Bien haríamos los españoles en ponernos alerta cuanto antes. Hace una década tuvimos a un presidente de infausto recuerdo que comenzó negando el problema y terminó metiendo la tijera de los recortes por todas partes menos en los privilegios de la casta política. No, estimados progres, no me estoy refiriendo a Rajoy, sino a otro individuo que representaba las mismas siglas que Pedro Sánchez y abrió el camino del austericidio al entonces líder del Partido Popular.

Así que no queda lugar para las sorpresas si el ministro Escrivá plantea la necesidad de ampliar la edad de jubilación hasta los 75 años bajo el paraguas de la Unión Europea, porque no deja de seguir la misma senda que los socialistas con Zapatero al frente emprendieron hace tiempo, al compás de toda la socialdemocracia europea.

Lo más lamentable, que además refleja la pésima gestión de los gobiernos de las últimas décadas, es que nos encontramos en un contexto donde las posibilidades de reinserción laboral a partir de los 55 años son muy escasas, así que pocos trabajadores van a seguir cotizando hasta los 75 años en la huida hacia delante concebida por el ministro de la Seguridad Social. Eso no hay inmigración que lo oculte, y mucho menos cuando la importación de mano de obra extranjera no funciona en la realidad cotidiana como en el deporte profesional que sirve de referencia a los abolicionistas de las fronteras laborales.

Ante semejante panorama llama la atención la cantidad de anuncios de plataformas de compraventa de segunda mano emitidos por televisión durante las últimas semanas. La apuesta por un modelo menos consumista no es ningún invento del globalismo, cuyos pilotos parecen ser conscientes de que el modelo productivo ya no da abasto para la demanda de todos, del mismo modo que las instituciones se muestran incapaces de garantizar las necesidades básicas de buena parte de la población, y pretenden camuflar la precaria realidad bajo un discurso que apela a que lo antes considerado humillante (acudir a una parroquia a pedir ropa) ahora se convierte en un gesto de compromiso con la sostenibilidad ambiental (comprar una camiseta requeteusada a un desconocido por una aplicación).

No deja de ser otro modo de tergiversar la realidad, en el mismo sentido que cuando promocionan el trabajo autónomo bajo las reivindicaciones de «ser tu propio jefe» y «libertad de horarios» o cuando se defenestra la vivienda en propiedad como un residuo sociológico del franquismo.

Si personas que mantienen su dinero a buen recaudo en paraísos fiscales, o simplemente disfrutan de una buena posición social, defienden que los de abajo debemos ser menos consumistas y valorar más lo que tenemos, está claro que hay muchos motivos para la preocupación; si algo caracteriza a los «filántropos» es que su amor por el prójimo (más bien por la Humanidad, en un sentido un tanto indeterminado) quiebra en cuanto peligra su negocio.

Esto no es una llamada al consumo irresponsable de bienes y servicios o a destruir a propósito el medio ambiente, sino a no permitir que nos tomen por imbéciles.

Gabriel García ( El Correo de España )