“Que nos envía al carajo, está claro y diáfano. Lo que no está claro es que los ciudadanos nos percatemos de ello; cosa difícil en una España en la que, mientras unos duermen, otros bostezan”

Cualquier país tiene enemigos, no cualquier país tiene los enemigos entre los que se supone gobiernan ese país. España es uno de esos países que tiene sus enemigos dentro de su gobierno. Desde el primer día en que España empezó a ser colonizada por el coronavirus, nuestro gobierno ha actuado más como enemigo que como amigo.

Buscando solo réditos políticos, nuestro gobierno con Sánchez al frente, despreció la amenaza de la pandemia que se nos venía encima; cuando no tuvo más remedio que admitirla enarboló las mentiras queriendo tapar su ineptitud.

Mientras, los muertos se multiplicaban, los contagios se elevaban a cientos de miles, la sanidad se colapsaba, las UCI estaban hasta arriba y los ciudadanos confinados como apestados bubónico de la Edad Media. Sin embargo, nuestro gobierno, todos los días y los sábados con doble ración de homilías – las diarias de Illa y Simón y las sabatinas de Pedro Sánchez – se esforzaba en hacernos creer que las medidas que adoptaban eran las mejores de toda Europa y que, por ello, pronto venceríamos al coronavirus pendejo.

Así meses hasta que, según Pedro Sánchez, Illa y Simón anunciaron que habíamos vencido al marrajo virus. Y allí fue el “Salimos más fuertes” y el todos a las calles a celebrarlo sin cortapisas. Y España pasó de estar confinada al festejo diario, a la desbandada general.

Las puertas y ventanas se abrieron de par en par y los ciudadanos se mezclaron entre ellos como si de una bacanal de promiscuidad se tratara ¡Salimos más fuertes! ¡Vamos a celebrarlo! Pero, hete aquí, que el cabronazo del coronavirus, demostrando que tiene más inteligencia o, simplemente, que tiene la inteligencia de la que carecen nuestros gobernantes que tienen la justa pata terminar el día y que solo la emplean en mantenerse en el poder, empieza a rebrotar desde su escondrijo.

¡Salimos más fuertes! repetía Pedro Sánchez arropado por sus mamporreros, lo repetía a pesar de que el puñetero coronavirus le desmentía cada hora, cada día y cada semana. A pesar de ese desmentido, Pedro Sánchez se fue de vacaciones a Las Marismillas desde donde, en tendido supino sobre su hamaca, oía y veía como el virus, inmisericorde, se multiplicaba más y más, como los rebrotes se contaban por miles.

Pedro Sánchez, perplejo ante semejante osadía del hijoputa del virus, se miraba en los espejos de Las Marismillas y le preguntaba: “Espejo, espejito mágico, ¿cómo es posible que este virus interfiera en mis planes de poder? Soy Pedro Sánchez, el ungido de los dioses, el único.

Todos mis corifeos, mis mamporreros, mis lacayos, mis palmeros me aplauden por mi gestión y este perdulario de virus, cada día me lo pone más difícil. ¿Cómo es posible si soy Pedro Sánchez? Los espejos callaban, al tiempo que se oscurecían, como anunciándole a Pedro el oscuro tirando a negro retinto que pinta el futuro de España y de los españoles.

Un futuro hipotecado, o bien por la crisis siempre mal gestionada de la pandemia o por la descomunal crisis económica que se va a llevar (ya se está llevando) gran parte de la riqueza de España sumiéndonos en la pobreza, en el paro, en la miseria.

España se va al carajo, si Dios no lo remedia. Y Dios no lo va a remediar porque Dios nunca ayuda a quienes no se ayudan a sí mismos. Y los españoles llevamos décadas que no nos ayudamos a nosotros mismos votando gobiernos que tan solo buscan el poder para sus partidos en general y para sus componentes en particular.

Manuel del Rosal ( El Correo de España )