LA GRAN BROMA

Corría 1991. Con 35 años, siendo concejal de Barcelona, Artur Mas Gavarró, que todavía se llamaba Arturo, adquirió para él y su familia un espléndido piso en una zona cara de la capital, entre la Diagonal y Gracia (hoy a 5.000 euros el metro). Un octavo con hechuras de casoplón: 200 metros cuadrados, cinco dormitorios, entrada principal y de servicio. Una vivienda a la altura de su caché, el de un joven vástago de familia catalana de posibles, pía e industriosa. Un chico de Liceo Francés y veraneo en Menorca, más tarde licenciado en Económicas y enchufado presto por papá en el tinglado pujolista.

Al principio no tenía filiación política. Pero pronto se sube al carro convergente -lerdo sería quien no viese el negocio-, aunque nunca fue separatista. «El concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado», explicaba en 2002, siendo ya delfín del muy honorable Jordi. Sin embargo en 2012, Arturo, convertido en Artur y en presidente de la Generalitat, comete un grave error de cálculo. Tras exigirle a Rajoy la bicoca de un cupo a la vasca y recibir el lógico nones, decide convocar elecciones anticipadas para rentabilizar el agravio (el victimismo es un deporte nacional en Cataluña).

Pero ocurre, ay, que nuestro Artur resulta un poco repelentillo, no cae bien, y además ha gestionado fatal las apreturas de la crisis, con bancarrota y pésimos servicios públicos. La toña es cósmica: pierde doce escaños y sale escaldado de unas elecciones que había forzado para afianzarse. Justo entonces se cae del caballo rumbo a Damasco: ve la luz y se convierte en apóstol separatista, una vía para enmascarar su torpe gobernanza.

El resto ya lo saben. Mas, que solo ha sido independentista en seis años de sus 61 años de vida, se pone al frente de la revolución. El burgués democristiano decide incumplir la ley. En noviembre de 2014 se salta la legalidad y todas las advertencias y organiza con altanería chulesca un referéndum de juguete contra el Estado. Qué risa. ¿Quién teme a la senil España? Si llevamos años fumándonos las sentencias y no pasa nada, ¿por qué nos van a parar ahora? Mariano no moverá ni un pelo de la barba. Esto es jauja. Pero Artur, que como estratega no da una, calculó mal: la justicia es morosa, pero llega. Ya estaba inhabilitado y ayer le embargaron la dacha barcelonesa por no reunir la fianza (pese a sus ruegos Lola Flores, las bases patrióticas no se rascaron el bolsillo).

Los separatistas se creyeron su propaganda. Llegaron a pensar que España era Burkina Faso. Olvidaron que se enfrentaban a una de las naciones más antiguas del planeta, a un país de la UE y a un importante aliado militar de Estados Unidos. Una democracia sólida, con una economía que lleva tres años creciendo por encima del 3%. La gran broma deja muchas sonrisas congeladas. Repasemos a los héroes de octubre, los del temible choque de trenes: Junqueras, en la trena y pasando de moda; Puigdemont, prófugo y flipado; Forcadell renegando de la causa para esquivar el trullo; Trapero, pegando pólizas en un cuartelillo; Mas, viendo volar el pisazo. ¡Oh, asombro!: España existía y la justicia, también.

Luis Ventoso ( ABC )