LA GRAN COMEDIA DE LA IZQUIERDA

El pasado 6 de junio, el Rey encargó a Pedro Sánchez la formación de Gobierno. La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, lo anunció en una comparecencia pasadas las nueve de la noche. Dijo: «Su Majestad el Rey, finalizadas las consultas con los representantes de las formaciones políticas, me ha comunicado su decisión de proponer a Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno ».

Se cumplía de esta manera lo prescrito en el artículo 99 de la Constitución, lo que suponía que el candidato contaba con la mayoría sufi ciente para dicha tarea. Pero resulta que pasado un mes de dicho anuncio, no es capaz de sumar los apoyos sufi cientes para la investidura y todo indica que será difícil que consiga unos apoyos estables y fiables. Sánchez invirtió el protocolo en aquellas consultas en benefi cio de sus propios intereses, convirtiendo en un hecho consumado el encargo del Rey. Ignoramos, como es lógico, cuáles fueron las alianzas que propuso en la consulta.

Por lo tanto, tal mayoría no existe, ni mucho menos la mayoría «progresista», si entendemos por tal la suma de Unidas Podemos con el PNV, los independentistas catalanes, más Bildu y los regionalistas cántabros. Puede decirse que el problema de Sánchez es con la realidad: su socio preferente es su verdadero adversario directo, incluso en estos momentos más antagonista que PP y Cs, por varias razones.

Porque Podemos se nutre de votantes socialistas que deben volver a la casa madre para que el PSOE consolide su hegemonía en la izquierda, aunque esto suponga dejar al partido morado en algo residual. Porque Sánchez no se fía de Iglesias por, entre otras cosas, su compromiso con el proceso independentista, y nadie se cree que ante la sentencia del 1-O no vuelva a hablar de la «solución política», es decir, de un referéndum de autodeterminación.

Y algo más: el programa económico en el que está trabajado el PSOE está más rebajado que lo que pretendía Podemos, lo que permite aventurar que se está recobrando el sentido común ante una UE en alerta que acaba de pedir un ajuste a España de 7.800 millones. Por último, Sánchez nunca ha creído en esta alianza y sólo la considera un instrumento para continuar en La Moncloa.

Es lógico, por lo tanto, que Iglesias haya puesto encima de la mesa querer una vicepresidencia para él, algo inalcanzable, que de por sí indica la poca fe del líder de Podemos en formar parte en un Gobierno de coalición. Otra cosa es este nuevo tipo de alianza en la que el socio principal quiere ocultar avergonzado a quien le está facilitando el Gobierno, lo que rebela la absoluta inconsistencia de esa mayoría.

El pecado original viene de una moción de censura que se ha convertido en un desastre político. Tal y como quedaron las cosas ayer tras la reunión de Sánchez e Iglesias, puede decirse que la investidura será un fracaso y sólo se vislumbra un acuerdo de legislatura «in extremis» o elecciones el próximo 10 de noviembre, lo que sólo serviría para ahondar la crisis de Unidas Podemos.

Más extemporáneo resulta Albert Rivera, alejado de la realidad de los hechos, como si esta crisis no fuera con él, desentendiéndose de una situación en la que es necesario el diálogo entre todos los partidos. No acudir a la entrevista con Sánchez es un acto estéril de propaganda, infinitamente más inútil que haber aceptado entrevistarse con el candidato.

No es, desde luego, lo que corresponde hacer a quien aspira a ser líder de la oposición. En este sentido, Sánchez se fía mucho más de Pablo Casado, que está demostrando lealtad institucional y mucho más temple. La situación de bloqueo es preocupante porque no augura una legislatura provechosa, si en algún momento se pone en marcha, y porque empieza a retratar a una generación de políticos fallidos.

La Razón