¿Hay un gobierno en España? Hay algo mejor: hay dos. En guerra. Latente, cuando la necesidad más inmediata no apremia. Descarnada, cuando intereses incompatibles entran en juego: como la invasión rusa de Ucrania ahora.

No estamos ante una historia de buenas o de malas voluntades. Sólo de fuentes de financiación: no es igual haberse nutrido de los fondos estadounidenses y alemanes en los años setenta que haberlo hecho de los fondos venezolanos, iraníes o rusos en el nuevo siglo.

Y no es tampoco un asunto de personalidades más o menos estrafalarias. El cambio de un cerril Iglesias por una complaciente Díaz dulcificó, seguro, los pesados insomnios de La Moncloa. Y la lógica de las determinaciones materiales podrá fácilmente concluir con el desembarco de la ministra de trabajo en el partido del presidente.

De ser exitosa, tal operación acabaría por sacar del mapa electoral a Podemos. Es un dispositivo complejo, acerca de cuya puesta en marcha nadie ya se llama a engaño. Ni ignora nadie la bruma de operaciones de diversión que se requerirá ese jaque mate.

El primer movimiento lo jugó Díaz el 13 de noviembre. Era «el comienzo de algo maravilloso», anunció, en compañía de una alcaldesa investigada, una vicepresidenta autonómica bajo sórdida sospecha y una dama con velo islámico. En la plataforma-puente diseñada aquel día, no había lugar para ninguna de las ministras o altos cargos en guerra contra el Dr. Sánchez. Podemos acusó el golpe como algo que rayaba en la traición.

El movimiento no carecía de perspicacia. La caza del voto-mujer ha sido objetivo prioritario para unos movimientos que rompieron con el principio fundante de las democracias garantistas, según el cual todos los ciudadanos -todos- son iguales ante la ley.

Al alzar el telón sobre la escena de una política ‘desmasculinizada’, Díaz apuntaba a capitalizar su ventaja, en perjuicio de las primeras protagonistas de un movimiento cuyos varones tuvieron la benevolencia de otorgar puestos de relumbre a sus cónyuges. Queda por ver si Iglesias y su gente tolerarán esa humillación apenas enmascarada.

Si este primer envite de Díaz tuviera éxito, el selvático enjambre, que cruza fuego granizado en la colmena loca del consejo de ministros, sería fumigado. Y, ya borrada del mapa la antigualla Calvo, la moderna Díaz jugaría la baza de ser número dos de Sánchez y quién sabe si un día su sucesora.

Sin prisas. Para triunfar en eso, su plataforma habría de desplazar a lo que queda del feminismo histórico en el PSOE. Y nadie -nadie-, ni hombre ni mujer, renuncia voluntariamente a sus privilegios: ni institucionales ni económicos.

Pero, si Sánchez y Díaz consiguieran ganar esa partida, entonces sí podrían, al fin, poner en pie un gobierno. No dos.

Y acabar con esta guerra de todos contra todos que tanto nos ameniza el día a día.

Gabriel Albiac ( ABC )