LA GUERRA DE LOS LAZOS

Los aficionados al buen cine se acordarán de aquella deliciosa película francesa «La guerra de los botones» (2011) en la que, en plena Segunda Guerra Mundial, los chavales de dos pueblos colindantes deciden librar su arcaica rivalidad arrancando los botones, incluidos los de la pretina, a los prisioneros del otro bando, que tenían que regresar vergonzantemente medio desnudos a su pueblo.

Pero la farsa risueña que el humor francés hacía del nacionalismo identitario entre adolescentes en medio de una tragedia de enormes dimensiones, se ha convertido en confrontación abierta entre mayores en Cataluña, a propósito de los lazos amarillos. Por cierto, ¿a quién se le ocurrió elegir el color amarillo, cuando en inglés y otros idiomas, simboliza envidia y cobardía? Una prueba más de que el nacionalismo es capaz de convertir en pueblerino al más cosmopolita, como los catalanes lo eran.

La cosa empezó con el ya famoso lazo simbolizando a los políticos catalanes encarcelados o huidos, tras ser acusados de cometer delitos tan graves como rebelión y malversación de fondos públicos. Unos espectaculares lazos pasaron a representarlos en sus asientos vacíos del Parlament y en la solapa de los nacionalistas pata negra como girasoles. Lo que siguió fue ya una inundación. No hubo espacio público en Cataluña, fueran calles, plazas, vallas, verjas, postes, monumentos, puentes, playas y montañas donde no hubiera tales lazos, y no de forma simbólica, individual, sino masiva, como queriendo cubrir el país de amarillo.

Lo que provocó la reacción de los catalanes no nacionalistas, amenazados de ahogarse en aquella marea, comenzaron a quitar tales lazos. Que reaparecían a ritmo frenético, entre insultos, hasta producirse lo inevitable: el puñetazo de un bárbaro a una mujer que quitaba lazos ante su marido e hijos, y la correspondiente denuncia. De seguir así la cosa, pronto irá a mayores, si no ha ido ya. La arrogante displicencia con que el nacionalismo intenta adueñarse de Cataluña tenía que movilizar a los catalanes que se sienten también españoles, más de la mitad, visto que los gobiernos centrales no hacían nada para defenderlos.

En teoría, si es legal poner lazos amarillos en lugares públicos, también debe ser legal quitarlos. De legalidad al nacionalismo es como hablar de paz al yihadismo. El Govern les acusa de ¡provocadores! y ha movilizado a los Mossos para identificar a quienes los quitan, amenazándoles con multas de hasta 30.000 euros, dando por sobreentendido que ponerlos es legal. ¿Acaso no lo llevó Torra a La Moncloa, sin que Sánchez objetara lo más mínimo? Ahora, discuten quién es el encargado de la seguridad en Cataluña, el Ministerio de Interior o la Generalitat.

Mejor que se pongan pronto de acuerdo, pues como se convierta en choque entre los Mossos y la Policía Nacional la tendremos realmente armada. A esto nos ha llevado el gobierno bonito de Pedro Sánchez. Y no es una película. Es la España de 2018, donde los catalanoespañoles no están dispuestos a dejarse arrollar.

José María Carrascal