Con Europa metida de lleno en una guerra de las del siglo pasado, con fuego real, muertos reales y anexiones de territorio mapa en mano, cuesta tener que hablar de lo pequeño y banal, del juego ridículo de los partidos.
Pero no vamos a negar que para España (aunque metida en esa cosa extraña llamada OTAN donde no pintamos mucho), es importante qué partidos gobiernan y cuáles se preparan para hacerlo dentro de dos años.
Todo lo que ocurrió la pasada semana en el seno del PP, aunque tenga una lógica interna (que la tiene), debe ir precedido por una sentencia superior: el problema de España no es Casado, ni Ayuso, ni Egea. España tiene su mayor problema en el Palacio de la Moncloa, porque es ahí donde radican todas las decisiones erróneas y absurdas que nos conducen al caos. Es ahí donde está el foco de pus por donde se va la fuerza nacional, la infección que nos impide recobrar la salud como pueblo y afrontar nuestros desafíos.
Pero la prensa que vive del escándalo barato y de avivar fuegos inventados, se ha empeñado en hacer de algo ridículamente pequeño un incendio monumental, como el del «Coloso en llamas». Y miren por donde que el papel de Paul Newman (salvando las distancias, sobre todo por respeto a las señoras que me estén escuchando), le ha tocado a Alberto Núñez Feijoo.
No como arquitecto del edificio de la calle Génova, sino como salvador casi «caído del cielo» cuando Casado, de la noche a la mañana, pasó de ser el jefe a ser un villano, alguien a quien los suyos han abandonado en cuestión de horas.
Si alguna vez han sufrido ustedes una traición en su vida, probablemente recuerden con toda nitidez que el traidor siempre es cobarde e hipócrita, porque sin serlo malamente se puede protagonizar un acto tan repugnante. La política (y eso explica muchas cosas del mundo de hoy) es campo abonado para la cobardía y la hipocresía, porque la forma como están organizados los partidos políticos lo propicia y casi promueve.
Es de esas maquinarias oscuras, llenas de peloteos e infidelidades, de mentiras de medio y largo alcance, de donde salen los traidores que luego salen sonriendo en las portadas de los periódicos. Y que luego gobiernan las naciones.
Y sin saber muy bien por qué, casi obligado por el ruido que otros han fabricado, el PP afronta un cambio de liderazgo en el que el gallego Feijoo aparece como el ungido, el único, el que tiene la fórmula del éxito como si fuese la fórmula de la CocaCola.
Ahí, en medio de la escalera, naturalmente sin que nadie sepa si sube o si baja, pero con el aval de cuatro mayorías absolutas consecutivas que, en política, es como tener cuatro doctorados en Cambridge. Es pronto para hablar en serio de Feijoo, demasiado pronto. Ahora estamos en el tiempo de la esperanza y de las palmadas en la espalda. Ese momento dulce donde todos te suplican que vengas.
Casado, el hombre de los discursos brillantes, el líder que pudo ser, que ganó el congreso de su partido y ahora sale como un apestado sin saber qué ha hecho él para merecer esto, se ha convertido en el pasado en dos semanas. Y le guste o no, quiera o no quiera (y quieran o no quieran los afiliados y simpatizantes del PP) el futuro pasa por Feijoo.
Para entenderse con VOX y echar del poder al principal problema de España, o para seguir diciendo «qué bueno soy» y «cuánto valgo» pero esta vez desde la oposición. Lo veremos y se lo contaremos.
Porque es muy pronto, demasiado pronto, para hablar en serio de Núñez Feijoo.
Rafael Nieto ( El Correo de España )