Como ajuste de cuentas con un pasado que siempre es susceptible de empeorar el presente, la memoria democrática que impulsa e impone el Gobierno ha convertido en papel mojado y por la vía de los hechos el discurso con que Felipe VI transmitió a los españoles la confianza necesaria en el Estado de Derecho para superar el golpe separatista de octubre de 2017.

Aquello fue una provocación, como cualquier cosa que moleste a quienes violan la ley con el consentimiento expreso de sus cómplices, bien colocados en las magistraturas del Estado. Quizá sea esta la única cuestión en la que están de acuerdo la mayoría institucional del Gobierno, planta noble, y su minoría antisistema, instalada en el departamento de cartería de La Moncloa, desde donde se comunica con la gente.

El ministro Castells asegura que «según las circunstancias tendría que haber prudencia» para evitar las visitas de Don Felipe a Cataluña, mientras que el titular de Justicia reconoce que «velar por la convivencia» consiste ahora en vetar al Rey en una parte del territorio nacional.

«Tampoco hay que hiperbolar, porque generamos tensiones», añade Juan Carlos Campo, creador del neologismo -hiperbolar- que desde ayer concentra todo el pensamiento político del Gobierno sobre el desafío separatista.

Para Campo, que fue magistrado antes que teórico de la nueva crisis constituyente, la ley es una hipérbole cuyo grado se mide en montañas -tres es el máximo, registrado en la escala Campo cuando alguien grita en Barcelona «viva el Rey»- y cuya aplicación depende de la tensión que transmita a la nueva normalidad y a la convivencia, que es el único problema que Pedro Sánchez diagnosticó en Cataluña.

En esto consiste hoy el Gobierno de España. No pueden censurar el golpe perpetrado contra la Constitución por el nacionalismo catalán quienes han elegido otra vía para traspapelarla. Les separan las formas, pero comparten los fines, negociables y homologables en una mesa de diálogo.

Sánchez aparenta guardar silencio, pero es el vetrílocuo que pone en escena a sus muñecos, Garzón, Castells y Campo, mientras sonríe al público. Nada que añadir.

La normalización del ataque al Estado de Derecho y a las instituciones que lo articulan no es ya patrimonio de una secta secesionista e irredenta para la que, en pos de la convivencia, se tramita el indulto. El Gobierno saca la provocadora figura del Rey del tablero del Estado para naturalizar la crisis constituyente que anunció el ministro de Justicia.

El régimen del 78 es una hipérbole.

Jesús Lillo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor