LA HIPOCRESÍA NO SIRVE PARA UNIR

La sesión de control de ayer sirvió para lo que no debería: corroborar la distancia social que guarda el Gobierno con la oposición por debajo de las apelaciones retóricas a la unidad. Y no sirvió para lo que debería: levantar acta de defunción de la legislatura inaugurada en enero con el abrazo entre Sánchez e Iglesias por culpa del efecto singularmente destructivo que la pandemia del coronavirus tendrá en España.

La previsión, publicada la víspera, de una caída del 8% del PIB a cargo del Fondo Monetario Internacional no ha provocado de momento el imprescindible cambio de actitud hacia la genuina colaboración que debe liderar el Gobierno.

Sin reconocer error alguno, sin responder a las preguntas básicas que, por boca de la oposición, se hacen todos los españoles estos días -por qué tenemos el mayor número de muertos por habitante del mundo y por qué tenemos el mayor número de contagiados sanitarios del mundo-, los portavoces gubernamentales se ciñeron al guion de la factoría de propaganda: interpretar con mucho sentimiento el papel de la mano tendida a la oposición y humillarla al mismo tiempo permitiendo que se entere por la prensa de que iba a ser convocada.

De igual modo que confunde con su persona la representación de la soberanía nacional, que reside en el Parlamento, Sánchez parece confundir Moncloa con Zarzuela y al presidente con el Rey. Lo que hoy comienza, los contactos con los partidos, no son ni pueden ser una ronda de audiencias.

Urdir unos verdaderos pactos que alineen a las mejores fuerzas del país -partidos, agentes sociales, autonomías- para diseñar juntos la respuesta a una recesión salvaje no puede empezar por el enésimo ejercicio de propaganda. Ya basta de dobles juegos. 

Basta de diseñar emboscadas a la oposición para ganar tiempo cargando sobre ella la consabida acusación de bloqueo. Sánchez no solo se está quedando sin tiempo -y con él todos los españoles-, sino también sin aliados.

Ya advertimos antes de su investidura de que entregar la llave del Gobierno a ERC o Bildu, además de inmoral, era un error. Ahora la izquierda antisistema le exige nacionalizaciones mientras el nacionalismo mira por su interés estrictamente territorial; pero en lugar de plantear una oferta honesta al PP que pudiera salvarle de su soledad y su escora suicida a ojos de Bruselas, persiste en la hipocresía de acusar al PP de resistirse a hacer lo que el propio Gobierno le pone imposible hacer.

El valor de la palabra de Sánchez quedó dilapidado desde que consumó todo aquello que había prometido no hacer. Es lógico que la oposición no se fíe: corresponde a Sánchez demostrar que ha cambiado.

Pero a juzgar por la grosera desfachatez del CIS de Tezanos, que ya trata de normalizar la censura mediante un uso totalitario de la pregunta capciosa, no parece que su jefe quiera abrirse a la humildad de reconocer errores y concertar voluntades.

El Mundo