LA HORA DE LOS CREYENTES

El día que el procés entró en la esfera de lo religioso fue cuando sus entusiastas asumieron que tendrían que empobrecerse para culminarlo. El origen del secesionismo fue un pragmatismo profundamente insolidario, cuantificable hasta el último euro en los 16.000 millones de déficit fiscal con el que los catalanes, según sugería el nacionalismo, salvaban del naufragio a una España parecida a la Castilla de los cuadros de Zuloaga. Conviene recordar esto porque cinco años es mucho tiempo y el discurso nacionalista se ha ido transformando hasta convertirse en un irreconocible ascetismo franciscano, según el cual la tierra prometida solo se alcanzará mediante un sacrificio mucho mayor que aquel que les llevó a rebelarse contra el Estado en un principio.

La política es un juego de transacciones y muy pocas veces, casi nunca, se puede hablar de éxitos rotundos. Puede hacerlo la CUP, que sin entregar nada -absolutamente nada- ha logrado que la burguesía se haga una revolución contra sí misma, hasta el punto de engendrar al hombre nuevo catalán, aquel que considera, junto a Pilar Rahola, que la huida de La Caixa o de Codorníu se ve compensada por la silente abnegación de cientos de mercerías que se quedarán sosteniendo, qué más da si porque quieren o porque no tienen otra alternativa, la economía de la república naciente.

Los dirigentes de la CUP son los únicos a los que no se les ha visto llorar en estos días recientes. Todo comenzó, hace un lustro, con la promesa de Artur Mas de mayor autogobierno y, con él, de mayor prosperidad para Cataluña. La comparecencia del sábado de Carles Puigdemont no traía otra promesa que la del sacrificio. Al final de la larga marcha hacia la independencia, la defensa del procés dependerá de los funcionarios que quieran arriesgar su sueldo y su empleo. El president ni siquiera se ofreció como ejemplo inspirador para guiar al pueblo a la inmolación. Sus palabras fueron de una ambigüedad tan defensiva, tan calculada, tan bien filtrada por la asesoría legal, tan poco épica, que los cuatro o cinco que se concentraron en la plaza de Sant Jaume para escucharle no sabían si se les estaba convocando a la rebelión o a la notaría.

Al final del procés ya sólo queda el sacrificio personal e intransferible de miles de ciudadanos a los que las huelgas ya no les van a salir gratis. Lo que viene ahora servirá para medir hasta qué punto se puede, con toneladas de dinero público y una encomiable voluntad, inculcar una nueva fe religiosa en una ciudadanía próspera y educada.

Rafa LaTorre ( El Mundo )