Es un principio elemental en toda regla, esencial y constitutivo en la vida del ser humano. Es parte del Ser, y sin ella no hay nada. Es la identidad, el núcleo que centra todo lo que somos y quienes somos. Vital, elemental indispensable e insustituible, la identidad hoy se ha convertido también en la diana, el blanco de tiro de la ingeniería social.

Si algo tan importante y naturalmente simple, que se reconoce en cada persona y comunidad, por la que pasan las vivencias, historias, tradiciones, rostros, lenguas, culturas y almas, es cancelado, destruido, bastardeado o remplazado, los hombres y los pueblos dejan simplemente de serlo. De ahí la prioridad de su destrucción, menosprecio y estigmatización política e ideológica por los pretendidos nuevos dioses globalistas, por la corrección política e inclusive de algunos despistados que asumen su narrativa.

Ante esta situación, surge la necesidad de la defensa de la identidad. También de la urgencia de la manifestación de amplios sectores -aún dispersos- de individuos, naciones y culturas que no se resignan a la uniformidad o la homogeneización de la servidumbre aplicada por las elites del poder. Reaccionar, preservar, recuperar terreno perdido, avanzar y construir un modelo social, político y cultural alternativo al vigente, se impone como prioridad.

Los europeos hemos heredado la filosófica griega, la ley y el orden romano, y los valores humanos de la cristiandad en una amalgama de culturas que han forjado lo mejor de la Civilización Occidental y de nuestras identidades. La identidad y la dignidad humana van de la mano de la familia, la comunidad, la patria, lo trascendente y lo Eterno. Sin ello, el género humano no es más que una especie animal entre otras tantas.

A pesar de que a veces no lo parezca, muchos serán los que no aceptarán sumisamente a perder su integridad, e irán sumándose poco a poco y de diferentes maneras, a la resistencia a ese modelo social distópico en el que en parte ya estamos inmersos. La lucha por la supervivencia de la Civilización y su continuidad está en juego.

En una época como la actual donde la naturaleza, el sentido común y la realidad parecen escurrirse como el agua entre los dedos, donde todo parece efímero y reemplazable, la identidad cobra más sentido que nunca y surge la necesidad de la búsqueda de lo perdurable. Ella es la roca donde poder volver a afirmarse y seguir adelante.

No es fortuito que las identidades sean atacadas, reclamadas, manipuladas o falsificadas tanto por las derechas como por las izquierdas. Hoy ambas solo son dos categorías residuales de la teoría política que aún funcionan relativamente para intentar interpretar o describir una parte del universo global en el que estamos inmersos. Estas viejas categorías prácticamente han perdido su significado y sentido.

Considerando esto, vemos que lo llamado como extrema izquierda, marxismo cultural o el progresismo en sus diversas vertientes, ahora reivindican “identidades” como diversidades y sensibilidades de reemplazo de antiguos dogmas y tópicos inútiles. De ahí su obligación de utilizar nuevas categorías que se adapten mejor al modelo funcional globalista. Por ello enarbolan falsas banderas de identidades sexuales, raciales, etarias, regionales, etcétera, en una clara muestra de manipulación e instrumentalización política.

Un sector de la derecha liberal también adoptó en parte los mismos mantras progresistas por complicidad, complejo y oportunismo. Otro sector de la derecha, aparentemente más conservador, rechaza el uso conceptual de identidad, por considerarlo una manifestación de provincialismo, como algo retrogrado, rancio, rústico, y aldeano que descentraliza una parte del poder político rompiendo un modelo de gestión unitario.

Aún más abiertamente rechazan los conceptos de identitarismo o identitario por ser considerados como “demasiado de derechas”, “ultra” o “xenófobos”. Esto no es más que un resabio de complejo o mala conciencia por temer a quedar demasiado fuera del “juego democrático” o de sufrir un “cerco sanitario” aún más duro del que ya sufren en parte.

La identidad y lo que a partir de ella se manifiesta en el orden social, no deja de ser algo simple, básico y elemental que puede ser entendido por cualquiera más allá de su formación educativa. Reconocer su significado es reconocer la particularidad única e irremplazable de cada persona, como también la de la comunidad a la que pertenece. La identidad y la tradición son complementarias ya que, la particularidad, el arraigo y la pertenencia en comunidad, su herencia cultural y legado histórico, se combinan y potencian en su continuidad en el tiempo.

La vitalidad del Ser que permanece y el aporte de los cambios y novedades a partir de la experiencia, se suman en ese impulso en la transmisión de ese patrimonio de cultura, mediante el traspaso generacional de padres a hijos. Eso es la Tradición -que nada tiene que ver con lo estático y arcaico sino con lo perenne y vivo- único vehículo perdurable para el resguardo de esa esencia que se proyecta en el tiempo.

La auténtica identidad respeta a las demás. La diversidad no es contraria a ella, sino que la refuerza, reanima y potencia. Ella la diferencia del otro y a su vez la une en comunidad, haciendo conscientes de quienes son sus miembros, de dónde vienen y hacia dónde van.

Cuando estos principios se plasman en lo político podemos hablar de identitarismo en el mejor de los sentidos. Hoy ello escuece a los que buscan la uniformidad del discurso único del globalismo, ya sea este de origen liberal o marxista. En definitiva, se busque deliberadamente o no, cuando se combaten las identidades se pretende acabar con la diversidad de las patrias, las soberanías y las libertades.

Resulta relevante que para el anunciado reseteo de la economía mundial, el advenimiento de una única cultura acorde a la sostenibilidad y la resiliencia que demandan las necesidades de la emergencia sanitaria, climática y migratoria, las opciones políticas identitarias sean estigmatizadas.

La identidad y el identitarismo son un muro de contención frente al avance devastador de un mundo mercantilista, materialista y totalitario en manos de un poder sin alma, omnímodo y omnipresente.

Más allá de la izquierda y la derecha, los tópicos, etiquetas, dogmas e ideologías, están las personas de carne y hueso, con alma y espíritu, con un pasado, un presente y un futuro. Y más allá de todo tipo de emergencia, está la libertad, el raciocinio y la dignidad humana. Hoy más que nunca el rostro descubierto es la marca de quiénes somos como personas creadas a imagen y semejanza divina.

Y eso es también identidad.

José Papparelli ( El Correo de España )