Una vez más, llama la atención el resultado nefasto de nuestros escolares en sus resultados; en esta ocasión, en lo que se refiere a matemáticas. Y los medios de comunicación, haciéndose eco al parecer de la opinión de los expertos -esperemos que no sean como los ectoplásmicos del doctor Sánchez-, advierten que si los niños no aprenden matemáticas es porque los maestros no saben matemáticas.

Añaden que en la carrera de profesorado no se enseñan las materias que deberán impartir, y se hace especial hincapié en la pedagogía.

En mis años universitarios -hace ya, ciertamente, demasiado tiempo- ocurría lo contrario. Estudiábamos las materias que deberíamos enseñar, pero casi nada de la forma de hacerlo. La pedagogía se reducía a dos asignaturas meramente teóricas, disquisiciones de tratadistas renombrados, elucubraciones de pedagogos que pontificaban desde sus torres de marfil, tremendamente alejados de algo tan vulgar y prosaico como la realidad. Eran teorías tan bonitas como inaplicables, y como todos -profesores incluidos- lo sabíamos, su estudio se convertía en un simple ejercicio de divagación sobre imposibles.

En tres años de carrera, nadie me enseñó a enseñar. Aprendí, eso si, Historia marxista a puñados; matemáticas a carretadas, pese a que mi especialidad eran lo que entonces se llamaban Ciencias Humanas -lo que luego denominaron «sociales»-; lengua -más bien lingüística-, tan alejada de lo que debería enseñar en el futuro a los niños de primaria, y con tantas complicaciones artificiales que casi me hicieron odiar el mas puro instrumento de comunicación del ser humano, lo que lo diferencia de los animales.

También -aún tengo pesadillas con ello- dos infernales años de música, con una exigencia desaforadamente alta y una absoluta intolerancia hacia los desgraciados que, en vez de oído, tenemos oreja, y con la casi exclusiva utilidad de sujetarnos las gafas.

Y también tres temas de geografía -de un programa de unos 40- en el que dedicamos todo un cuatrimestre a la astronomía, porque aquél era el tema favorito del profesor.

Ni que decir tiene que al cabo del tiempo se me ha olvidado casi todo, pero creo que aún podría entender mis apuntes y aún podría refrescar mis conocimientos sobre la medición de distancias astronómicas por el método de la paralaje -que conseguí entender gracias a la trigonometría de 5º de bachiller y al profesor que me la enseñó-, y sobre la clasificación de las estrellas según tamaño, color y otras características que ya no recuerdo (O B A F G K M R N S), pero que se determinaba con una regla nemotécnica que aún me funciona, pero que hoy no sería políticamente correcta y llevaría a aquél catedrático directamente al paro y posiblemente a la cárcel.

También, por supuesto, hice largos estudios de huelga en solidaridad con los compañeros del metal y otros sectores menos significados en la consideración de los huelguistas profesionales. Sin que los compañeros del metal -todo hay que decirlo- se solidarizasen nunca conmigo; ni siquiera cuando me pusieron un examen final de matemáticas un sábado a las tres de la tarde a mitad de junio.

En fin; que entonces -hablo, para mi desgracia, de hace unos cuarenta años- en la carrera de profesorado de EGB se estudiaban con profundidad universitaria las materias que deberíamos enseñar con niveles de EGB, pero no se nos enseñaba a enseñar.

Eso siempre me pareció un contrasentido. Por la sencilla razón de que, tras cursar la educación primaria -o la posterior EGB-; el Bachiller elemental y el superior -o el posterior BUP- y el COU, los futuros maestros ya deberían tener suficientes conocimientos de las materias a enseñar.

Al parecer, eso es lo que falla ahora: que tras cursar la EGB, el BUP y el COU y pasar la Selectividad (o como se llamen ahora), los universitarios no han alcanzado el nivel que se le supone a un niño de primaria.

Y esto, se pongan como se pongan, no es un fallo achacable a la carrera universitaria, sino a todo el sistema desde sus comienzos. Es el sistema del mínimo o nulo esfuerzo, de los aprobados generales, del igualitarismo en la necedad, del totalitarismo de la ignorancia, lo que produce estos resultados.

Rafael C. Estremera ( El Correo de España )