LA II SEMANA TRÁGICA

Pedro Sánchez se ha dado cuenta demasiado tarde de que no puede engañar a todos al mismo tiempo. Hacer creer a los nacionalistas catalanes que sólo él podía facilitar sus aspiraciones independentistas era incompatible con presentarse como el defensor de la unidad de España ante el resto de los españoles.

Es listo, pero no inteligente (el listo cree tontos a los demás, el inteligente sabe que pueden sobrepasarle en inteligencia), e insiste en la engañifa. Como su visita casi furtiva a Barcelona para felicitar a los policías heridos y a sus compañeros por su firmeza en la Segunda Semana Trágica y hablarles al mismo tiempo de la necesidad de «moderación», que roza la estulticia.

O negarse a hablar con Torra mientras no condene la violencia de sus hordas, pero sí hacerlo con Ada Colau, que ya sabemos es tan nacionalista como Torra, sólo que más astuta. Pero que al doctor estampillado y presidente en funciones empieza a conocérsele en todas partes dieron muestra los abucheos de los pocos que lograron verle: el personal sanitario.

Que luego se negara a Pablo Casado ver a los heridos, alegando no sé qué razones administrativas, advierte de lo sucio que juega este gobierno, aunque no creo que le traiga muchos votos en Cataluña, cruciales para poder seguir durmiendo en los colchones que mandó traer al mudarse a La Moncloa.

Dije antes que es demasiado tarde para engañarse entre sí, añado que también es demasiado poco lo que pueden ofrecer. Los secesionistas catalanes han perdido el pulso que echaron al Estado español con sus marchas multitudinarias, golpes de efecto, incluidos globos y papel higiénico, teniendo que echar mano de la guerrilla urbana, que destrozó su pretensión pacifista, Sánchez ha mostrado ser un pésimo estratega.

Todo les ha salido al revés de lo que planearon. Incluso son enemigos, en vez de cómplices. El último argumento que les queda es que conviene dialogar «porque la dureza lo único que ha conseguido es aumentar el número de independentistas». Lo que es otra falacia.

Si han crecido los independentistas es precisamente por haber sido demasiado blando con ellos, porque tanto el PP como el PSOE les han permitido burlar la ley y tomarse libertades que nunca debieron permitírseles. Tan bien les iba que hasta llegaron a creer que el Gobierno español no reaccionaría si declaraban la independencia. Y la declararon. Un «farol», como confesó Clara Ponsati, una de las golpista, hoy fugada. Una «ensoñación», según la sentencia del Supremo, pasándose de tierno.

Si se los hubiera puesto en su sitio tras la primera chulería, nunca hubieran llegado a esto. Ahora se encuentran en la triste situación de llorar a lágrima viva al ver arder el Paseo de Gracia, como Carmen Forcadell, o, como Pedro Sánchez, de que el traslado de los restos de Franco le permita seguir durmiendo en La Moncloa. No me dirán que la Historia carece de sentido del humor.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor