Orgía leguleya ayer en la piara de la Carrera de San Jerónimo. Seis leyes pasando la reválida en el Congreso en el primer examen del curso a Cum Fraude y su despótico desgobierno. Delirante y liberticida decreto de «ahorro» energético. La aciaga y nueva ley de autónomos. La siniestra y nueva ley de incendios. La repulsiva ley de la ciencia, ningún voto en contra de los chanchitos parlamentarios, qué horror.

La abracadabrante ley concursal. Y, vuelta de tuerca, la más totalitaria y tirana de todas: Irene Mentira celebrando la ley del ‘solo sí es sí’, prevé aprobar la ley del aborto y la ley ‘trans’ antes de final de año. Acelerando la opresión feminista: más de 400 leyes que favorecen a las mujeres y ninguna a los hombres. Ministerio de desigualdad mas bien.

DIOSAS y esclavos

La denominada ley del sí es si, ley de las solteronas borrachas («Sola, borracha, quiero llegar a casa») esto es, verbigracia, entre otros liberticidas espantos, fiera y feroz dictadura feminista y progre en contra de la libertad y el pensamiento propio.

Lo tantas veces expresado: si quieres follar con una mujer, de ahora en adelante, has de firmar ante notario el consentimiento expreso de ella, indicando lo que ELLA, LA DIOSA, consiente o no (¿un poder autorizando la coyunda dentro de los límites pactados previamente en la notaría?).

Esta ley convierte en presuntos a todos los hombres… algo que de facto es, a fuer de hondamente inmoral, nítidamente inconstitucional (cada vez más difuminadas la igualdad ante la ley, la presunción de inocencia, la protección penal del hombre y la tutela judicial efectiva).

Ilegal, arbitraria…

Invirtiendo flagrante y abiertamente la carga de la prueba: palabra de mujer (por el solo hecho de ser mujer, sin ningún “mérito” añadido más), palabra de Dios. La repugnante “ley del solo sí es sí”, aunque mantiene que la carga de la prueba recae en la acusación, otorga a su declaración valor de prueba; luego no requiere otra: que exista denuncia es prueba suficiente, convirtiendo al acusado en culpable si no puede probar su inocencia (habrase visto, probar la inocencia, en vez de que la contraparte, desde que el mundo es mundo, demuestre la culpabilidad).

Palabra de mujer, palabra de ley. Pura inseguridad y arbitrariedad jurídicas: ella puede denunciar, siempre y en todo lugar, porque no se verbalizó «explícitamente» el sacrosanto SÍ. Además, tan aparentemente contradictoria, pura apariencia: reduce TODAS las penas para abusadores y agresores sexuales. ¿Por qué será? Juas. Lo dicho, con esta deletérea ley, el desplome de dos grandes y atemporales universales: la ética y la racionalidad. Y lo que siempre fue la sexualidad: pura y dura ambigüedad.

…Y, sobre todo, injusta

Esto es lo que hay: completa injusticia, lo peor que se puede decir de cualquier cosa. Y ante esto se enfrentan los varones contemporáneos (incluso deviniendo «racializados«). Un feminismo castrador y hondamente puritano, agresivo y violento, intelectualmente inane y políticamente majadero, revanchista y vengativo, androfóbico y, paradójicamente, misógino.

Feminismo dementemente identitario, intolerante, inquisitorial.  Nos hallamos, hecha ley, ante una lacra feminista/feminazi/femibolche que somete las mentes y la sociedad como una malvada y fatídica calamidad. Como dice el gran Max Romano, una historia con sus nuevas brujas y sus medio-hombres falderos – planchabragas o lametampones – que las siguen con el rabo entre las piernas. En fin.

Luys Coleto ( El Correo de España )