LA INFAMIA HA TRAÍDO IGNOMINIA

Los hechos sumamente alarmantes que están teniendo lugar en España no se producen de forma inconexa ni obedecen al azar. No son acontecimientos aislados, sin relación entre sí. Muy al contrario, se derivan del «proceso» que puso en marcha José Luis Rodríguez Zapatero, a comienzos del milenio, con el empeño de liquidar el régimen constitucional nacido del consenso en 1978.

Probablemente ni siquiera él mismo llegara a atisbar en aquel entonces el alcance demoledor que tendría su iniciativa, inspirada a partes iguales por el sectarismo revanchista y la cobardía, aunque lo cierto es que la bola de nieve echó a rodar y no ha parado de engordar. Pedro Sánchez es una pieza más del engranaje; una marioneta en manos de quienes mueven los hilos, que a estas alturas son los separatistas catalanes y vascos.

No es casual que los embajadores del PSOE se reunieran a hurtadillas con los representantes de ERC el mismo día en que un etarra convicto y confeso, autor de dos asesinatos, intervenía en la Universidad Pública del País Vasco, con honores de conferenciante, para reivindicar los derechos de sus colegas presos por gravísimos delitos de sangre.

No digo que el terrorista López Abechuco y los integrantes de las citadas delegaciones se pusieran de acuerdo sobre la fecha o cualquier otra cuestión relativa a sus respectivas actuaciones, sino que ambas situaciones, igualmente oprobiosas, obedecen a una misma razón de fondo: una degradación paulatina de la calidad de nuestra democracia, cuyo umbral de tolerancia a lo inaceptable alcanza ya niveles de escándalo.

¿Alguien se imagina a un candidato a primer ministro francés, alemán o italiano suplicando respaldo a un partido frontalmente opuesto a la Carta Magna, cuyo máximo líder estuviera en la cárcel por sedición y malversación, después de haber proclamado la independencia de su región? (Porque la proclamó, sí, no fue una «ensoñación» como pretende hacernos creer ahora el Tribunal Supremo.)

¿Cabría en alguna cabeza que un yihadista recién salido de prisión fuese invitado a una universidad americana financiada con dinero del contribuyente para perorar sobre las condiciones de reclusión de sus compañeros? No. ¿Verdad? Pues eso y más está ocurriendo aquí, con creciente naturalidad.

Vemos completamente normal que desde la institución llamada a formar a nuestros jóvenes se difunda la versión criminal de cuarenta años de terrorismo, mientras se silencia la voz de las víctimas. Que éstas sean humilladas por los mismos pistoleros que segaron la vida de sus seres queridos, dejándolas viudas o huérfanas. Que la gobernabilidad de la Nación descanse en manos de quienes están empeñados en destruirla.

Que el presidente del Ejecutivo en funciones, desesperado por ser investido, diga hoy lo contrario de lo que afirmaba en campaña y califique de «conflicto político» lo que ayer era un «problema de convivencia». ¿Cuál es el nexo de unión entre los eslabones de esta cadena?

El cambio del marco de referencia. La sustitución del eje que separa lo que encaja dentro de la Constitución y la legalidad de lo que queda fuera de ellas por la línea ideológica que divide a la derecha de la izquierda. O sea, el legado del Tinell. La herencia de Zapatero.

Lo que dio en llamarse «proceso de paz» no fue la derrota de ETA, sino su mayor victoria. Lejos de sucumbir a la fuerza de la razón, impusieron la razón de su fuerza a un socialismo que hoy secunda muchas de sus exigencias y cuenta con los votos de Bildu, actual marca de la serpiente.

La infamia ha traído ignominia. Lo próximo será miseria.

Isabel San Sebastián ( ABC )