LA INMIGRACIÓN, SERPIENTE DE VERANO

Este Gobierno no tiene (tampoco) una política migratoria más allá de los gestos. Que también carezca de ella la UE representa un mal consuelo porque el control de las fronteras de España, aunque sean también comunitarias, corresponde al Estado español y no a los organismos europeos.

El Gabinete de Sánchez sólo ha hecho bien una cosa al respecto, que es dar apoyo económico a Marruecos para que controle -a su modo- los flujos en el Estrecho, y no se atreve a presumir de ello para no irritar a sus eventuales socios de Podemos.

En cambio se ufana de que va a retirar las concertinas en Ceuta y Melilla ocultando que ha financiado la instalación en el lado marroquí de una ristra de zanjas y vallas coronadas por esas cuchillas que al Papa Francisco le provocaron tanta grima. Desde que Zapatero se arrepintió de su propia Ley de Extranjería y destituyó al ministro que la había redactado bajo sus consignas, el PSOE mantiene ante la inmigración irregular una actitud de flagrante hipocresía.

Apremiado a tomar las medidas antipáticas a las que la responsabilidad del poder le obliga, trata de compensarlas con poses de oportunismo humanitario y guiños efectistas. Siempre por detrás de los acontecimientos, a merced de las oenegés de rescate, de las mafias negreras, del malismo de Salvini y de cualquiera que sea capaz de tomar la iniciativa.

Ayer, en la comparecencia sobre la crisis del Open Arms, Carmen Calvo puso la cara para que se la partieran. Sánchez se había librado por deferencia de Pablo Iglesias. La vicepresidenta lidió como pudo un asunto en el que tenía poca defensa porque la improvisación y las contradicciones del Gabinete han sido manifiestas.

Nadie hizo demasiada sangre con el escándalo del buque de la Armada enviado a Italia para recoger a destiempo a quince náufragos que ya estaban en puerto. Los militares tampoco dirán nada porque su sentido de la disciplina es férreo, pero existe un malestar notable con esa procaz utilización propagandística de una Marina más bien corta de medios. El debate fue, pues, aunque bronco, superficial y como veraniego.

Salvo las críticas genéricas de Arrimadas y Álvarez de Toledo, los problemas de fondo de la inmigración quedaron inéditos. Ni los menas, ni la actuación de unas ONG que sobrepasan su marco operativo y jurídico, ni la saturación de los centros de acogida, ni los incidentes fronterizos, ni mucho menos la cuestión esencial, que es la de cuánta gente puede entrar sin que se quiebre la convivencia ni se colapsen los servicios.

En este asunto la izquierda tiene la ventaja de manejar a su favor los prejuicios de una oposición que -salvo Abascal, siempre desinhibido ante su tema favorito- tiende a sentirse maniatada por el mantra del racismo. Pero alguna vez, a ser posible antes de que se convierta en un conflicto explosivo, habrá que discutir de todo esto con un mínimo de sentido político.

Ignacio Camacho ( ABC )