En el Ágora de la antigua Grecia había que tener huevos y sabiduría para hablar ante los vecinos y decir algo que mereciese ser oído y respetado, y no como ahora porque la última invasión que hemos sufrido los ciudadanos del siglo XXI es la protagonizan los bárbaros mentales que ocupan los nuevos foros telemáticos donde reciben el título de bocazas sin fronteras contando el número de ignorantes que les siguen

Antes bastaba con que te hubieran enseñado de pequeño que era de mala educación hablar en la mesa de religión, de política, o de fútbol, tres asuntos controvertidos que se prestan a iniciar un conflicto innecesario entre personas que prefieren llevarse bien, pero hoy ya no es así.

La gente tiene ganas de pelea y hasta alguna señora que conduce un Lexus saca a pasear su alma de camionera, que casi todos tenemos, para tocar el claxon o insultar al primer torpe que duda si ir hacia la derecha en un cruce, y  ése es el  momento  para iniciar una conversación sobre asuntos divinos, que es uno de los tres supuestos que la gente educada no hace.

Cuando se habla de Dios, política o fútbol hay que andarse con cuidado porque son tres conceptos cargados con más pasión que raciocinio y no siempre definibles con argumentos sólidos y demostrables.   A lo largo de la historia de la humanidad ha habido guerras de religión, todas las guerras son políticas e incluso en el año 1969 hubo una guerra del futbol entre Honduras y El Salvador, que duró cuatro días.

En España hemos reducido ese el ámbito de posibilidades de conflicto entre unos y otros porque somos un Estado aconfesional, nuestro fútbol solo apasiona a los showmans del Chiringuito, y apenas nos queda la política para citarnos con testigos al amanecer en la casa de Campo a un duelo a primera sangre, pero son tan cutres los posibles contendientes que como no se batan dos contertulios desdentados y alguna psicópata gritona, nos hemos quedado sin candidatos para el espectáculo.

Vivimos malos tiempos para la lírica y sobran los aficionados al jaleo, porque  no existe nivel.

Diego Armario