LA INVESTIDURA DEL VENTRÍCULO PUIGDEMONT

En un mundo de pícaros que no conoce tiempo ni lugar, siempre surte provecho la lectura de las andanzas del Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. En uno de los episodios, el popular rufián sevillano pone rumbo a Italia y se cruza con dos labriegos manchegos que porfían sobre la naturaleza de la cría recién parida por una yegua. Uno de ellos atestigua que “jumento es” y el otro niega que sea un asno, sino que se trata de un muleto, un mulo joven, llegando a tenérselas tiesas en su testarudez. En esa disputa se enredaban cuando entró en liza un tercer lugareño. Miró a la bestia, fijándose en hocico y orejas, y concluyó irremisible: “¡Pardiós, no hay que discutir! ¡Tan asno es como mi padre!”.

En pareja controversia a la de los gañanes manchegos, se enzarzaban quienes perseguían desentrañar la verdadera naturaleza de la criatura política prohijada por el prófugo Puigdemont y a la que ha ungido como president-títere de la Generalitat moviendo las cuerdas de la marioneta. Empero, en este caso, no ha sido preciso que terciara nadie para colegir que Puigdemont ha buscado en Quim Torra un presidente interino a su imagen y semejanza, una suerte de alter ego hasta el punto de aparentar ser siameses. Ambos parecen conformes con este reparto de papeles hasta que El Ausente pueda hacerse presente saltando de la pantalla de plasma y traslade, si es que la Justicia o eventuales medidas de gracia se lo permiten, este Retablo de las Maravillas en que ha devenido Cataluña.

En efecto, tan conformes que Torra habló ayer por su boca lo que el ventrílocuo Puigdemont le dictó con su vientre. De hecho, lo que se vota estos días en el Parlament es la investidura de Puigdemont por persona interpuesta, como perseguía éste desde primera hora. Por eso, cuando el ventrílocuo se apresuraba ayer a felicitar a su muñeco estaba haciéndolo -qué duda cabe- a sí mismo. De hecho, cuando Torra aseveró que él no debía estar en el ambón parlamentario, tenía toda la razón del mundo. Pero no por las razones que esgrimió, sino por la farsa que escenificaba en el Parlament.

Curiosamente, ambos emergieron para cometidos tan principales desde puestos hondos de las listas electorales, como si estuvieran agazapados hasta el momento de dar un brinco que les sacara de la madriguera. ¡Tan supremacista y xenófobo, en cualquier caso, el uno y el otro como ejemplares de la misma especie política!

Tras casi medio año de espera, Puigdemont ha resuelto como le ha dictado su real capricho. Si Calígula proclamó a su caballo Incitatus cónsul de Roma, él se ha permitido designar como primera autoridad de una autonomía moribunda y degradada a quien es representación viviente del fanatismo. Al tiempo, puede desplegar la misma desenvoltura de aquel sádico césar con un zapatero galo que le gritó “¡fantoche!” a la cara y al que Calígula le rebatió: “Es verdad, pero ¿crees que mis súbditos valen más que yo?”.

Ciertamente, si eso hubiera sido así, se habrían desembarazado de aquel azote de Roma, al igual que lo habrían podido hacer los catalanes y sus fuerzas políticas rehenes de la política enloquecida de este timonel de la nave de los locos que ahora llama a su lado a un vicario para que ejecute sus órdenes sobre el terreno.

Se podrá argüir que, al igual que aconteció cuando Mas debió designar sucesor a Puigdemont por imposición de la CUP, Torra romperá inevitablemente amarras con su patrocinador, pues ello está en la realidad de las cosas. De hecho, un confuso Iceta aventuró que el nuevo hábito puede hacer de Torra otro monje distinto del que, por sus asedios y tuits infames, conocemos. Pero él ha despejado dudas desde el minuto uno, como no podía ser de otra manera por parte de quien ha hecho de ello su modus vivendi y ahora su modus operandi.

En todo caso, no puede quebrar el relato embaucador del populismo soberanistapara generar nuevos e interminables embrollos que hagan definitivamente irresoluble el laberinto catalán si no se alcanza la independencia. Claro que la esperanza de todos sea imaginar que hay un hilo para salir del mismo, como enseña el maestro Borges.

Además, en aquel trance, Puigdemont precisaba matar al padre para solidificar su relación con quienes habían pedido la cabeza de Mas. Ahora, en cambio, en perfecta sintonía con la CUP, pese a la engañosa abstención de ayer, Puigdemont se refuerza poniendo como consejero jefe, más que presidente real, a un personaje delirante como Torra, que simpatiza tanto con éstos como su padrino. Al punto de que, como le espetó una atinada Arrimadas, “no ha venido a dirigir un Gobierno, sino un Comité de Defensa de la República (CDR)”. Únase a todo ello que no se conoce ninguna marioneta que ande sin hilos, por mucho que lo intente, y no parece que Torra vaya a ser ninguna excepción.

Lo cierto es que, con su designación, se cierra un ínterin en el que Puigdemont ha estirado la cuerda todo lo que ha podido al servicio de sus intereses, sin que la aplicación apocada del artículo 155 haya servido para cosa más distinta que decepcionar a aquellos que salieron a la calle pidiendo su aplicación y luego dieron su mayoría a una opción constitucionalista. El president prófugo era plenamente sabedor de que no podía arriesgar la pérdida del Gobierno por parte del independentismo, que podrá proseguir su rebelión en marcha con todos los resortes del poder, además de imponer su propio calendario a la hora de decidir cuando convoca nuevas elecciones.

Así lo explicitó ayer mismo el ventrílocuo, advirtiendo a modo de aviso de navegantes: “Ahora se enterarán de cómo cambia la cosa”. Al tiempo anunciaba que habrá un comisionado que investigue el 155 y que se amplificará la internacionalización del conflicto con cargo al Presupuesto. Tales desatinos abundan en el despropósito de que España es la única nación que paga su propia destrucción y suicidio, mientras su presidente del Gobierno se va a Jerez a presumir de crecimientos económicos difícilmente sostenibles con esos pies de barro.

La circunstancia de que Torra reúna las condiciones para ser elegible, al contrario de las tres opciones anteriores planteadas por Puigdemont, como reclamaba Rajoy en lo que todo el mundo interpretaba como unas ganas locas de éste de quitarse de encima esta patata caliente, no significa nada. Como en el célebre microrrelato de Monterroso, cuando el lunes sea investido, el dinosaurio todavía estará ahí. Aunque realmente no haya desaparecido ni durante estos más de 200 días de vigencia del artículo 155, como se han encargado de televisar a todas horas unos medios audiovisuales públicos al servicio del golpismo, a la par que se acosaba a los constitucionalistas.

Frente a ese estado de cosas, carece de sentido que el presidente Rajoy se haga falsas ilusiones sobre un proceso del que ya debiera estar curado de espanto. No puede permitirse ignorar la realidad que se presenta ante los ojos. Bien claro se lo dejó ayer el muñeco de Puigdemont: “Si el Gobierno levanta el 155, no habrá excusas para construir un Estado independiente en forma de república”. Ello obligará, seguramente, a Rajoy a tener que reactivar el artículo 155 a las primeras de cambio.

Por saltar de la sartén, Rajoy puede caer en la brasa. A diferencia de otro de los cuentos cortos de Augusto Monterroso, que relata como “hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió”, el independentismo no cejará. Además, se producirá la confluencia de procesos parecidos que se apuntan en el País Vasco, en manos de cuya fuerza hegemónica se encuentra la suerte del propio Rajoy.

Por eso, a Rajoy, más que sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado, debiera inquietarle mucho más aún cómo preservar los presupuestos sobre los que se afirman la unidad de España y su Estado de derecho. Ello no va a ser posible, como en otra fascinante historia de Monterroso, aquella en la que narra «la historia del día en que el fin del mundo se suspendió por el mal tiempo». No siempre la providencia acude para arreglar entuertos del calibre de los desafíos que tiene planteados España.

El independentismo catalán ha ido creciendo a medida que éste le ha tomado la medida al Estado. Como le afeó el Tribunal Supremo, ni siquiera el Gobierno quiso ver delito de malversación en la consulta del 9-N, lo que hubiera reportado una mayor condena a los involucrados, con Mas a la cabeza, teniendo en cuenta que la comisión de ese delito fue flagrante -tal como ha certificado el Tribunal de Cuentas-, al emplearse en la misma incluso fondos estatales provenientes del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA), esto es, de la partida estatal destinada a socorrer a Cataluña.

O gana el golpe o gana el Estado. Ése es el dilema de Rajoy, que sigue discurseando como Churchill -“cualquier ilegalidad será reparada y cualquier vulneración de nuestro marco constitucional será respondida”-, pero proclive a las componendas de Chamberlain, como acredita la inaplicación práctica del artículo 155. Más que bomba atómica ha sido bomba de humo con la que cegar los ojos de la opinión pública.

Entretanto, el independentismo más xenófobo se apodera del palacio de la Generalitat y reemprende su rebelión a lomos de un asno independentista -nadie dudará de su condición de tal, sin necesidad de que haya porfía de por medio- presto a cocear desde el Rey abajo a todos los que estén por la unidad de España y por sus valores constitucionales. Quien tenga oídos para oír, que oiga; quien tenga ojos para ver, que vea, si es que ya los ciegos no guían a los sordos.

Francisco Rosell ( El Mundo )