No, la realidad no es racional, ni existe un progreso lineal, ni la bondad triunfa sobre la maldad, ni la libertad es más fuerte que la tiranía.

Más bien, la historia es un largo viaje con idas y venidas, con avances y retrocesos, con momentos estelares y con épocas en las que la vida humana no vale nada. Hitler asesinó a seis millones de judíos en el siglo XX, Stalin practicó una represión salvaje e irracional y, hace menos de tres décadas, pudimos ver de cerca el rostro de la barbarie en la antigua Yugoslavia o en el genocidio en los Grandes Lagos.

Si nos creíamos haber librado de las pesadillas de la historia, ahora reaparece un virus que amenaza nuestro bienestar y nuestro sistema de vida.

Es verdad que no está provocado por la maldad humana, pero pone en evidencia nuestra fragilidad y revela que lo que creíamos seguro se asienta sobre la nada. Somos víctimas de fuerzas que no controlamos y estamos a merced de acontecimientos cuyo origen no conocemos.

La pandemia no sólo no ha sacado lo mejor de nosotros, sino que está haciendo aflorar lo peor: el cainismo, los viejos odios, la intolerancia, los fallos del sistema.

Dicho con otras palabras, estamos asistiendo al espectáculo de una irracionalidad que pone a prueba nuestras convicciones y la coexistencia con los demás.

Hegel se equivocaba profundamente al sobrevalorar la razón, que no es una fuerza externa que guía nuestra existencia ni un asidero al que agarrarnos.

Por el contrario, la irracionalidad ha emergido como el sol al final de la noche y sus rayos sólo nos dejan ver el triste espectáculo de la miseria humana.

Pedro García Cuartango ( ABC )