LA ISLA DE LA TORTUGA

Estaba en el Caribe. La llamaron así aludiendo a la joroba de su orografía que recuerda el caparazón de un quelonio. Durante el siglo XVII estuvo en manos españolas, inglesas y francesas. Fue el refugio preferido por los filibusteros que surcaban aquellas aguas, perseguían a los galeones, se adueñaban de las mercancías transportadas en ellos, ahorcaban a sus oficiales, violaban a las mujeres y después las convertían en putas o las vendían como esclavas, pasaban por la quilla a los marineros e izaban la bandera negra en el asta de popa de los buques capturados. La isla, como sucede ahora en los paraísos fiscales de la misma zona del mundo, quedaba al margen de cualquier tentativa de fiscalidad, jurisdicción e intervención.

Cundían la trata, la prostitución y el tráfico de cosas y de personas. Pícaros y bribones de toda laya encontraban un ambiente propicio para perpetrar sus fechorías. En 1684 Francia y España firmaron el tratado que puso fin a todo eso. Hoy, siglos después, la piratería se ha trasladado al Mediterráneo, pero sus mimbres son muy parecidos. La trata sigue con el nihil obstat de la Europa unida, aunque cada vez más desunida, y el nuevo pacto entre España y Francia (Sánchez y Macron).

Los negreros fletan pateras de tente mientras cobro para cargar en su frágil casco la mano de obra barata que permitirá hacer de las suyas a los oligarcas de Bruselas, engrosará los beneficios de las empresas buitre y engrasará la metástasis de la corrupción. La novedad estriba en que ya no son los reyezuelos de las tribus negras quienes venden a los tratantes su mercancía humana, sino las víctimas de tan siniestro tráfico quienes se avienen a pagar los onerosos peajes exigidos.

Cuando una patera se hunde o incluso aunque no lo haga, los buques pirata fletados por las oenegés mendicantes y financiados por el buenismo tontorrón de los gobiernos rescatan, en confusa mezcla, a los refugiados que lo son de verdad (muy pocos) y a los ilegales, los bribones, los pícaros y los futuros manteros, descuideros, prostitutas, alcahuetes, acosadores, violadores, camellos, contrabandistas y terroristas.

Es de locos. Cuando parte de Europa empieza a reaccionar frente al retrovirus que la aniquilará, desembarca en España un gobierno de quijotes y lunáticos que convierte el país en Isla de la Tortuga para que su joroba nos jorobe a todos, incluyendo a quienes -humillados, ofendidos, vendidos y encadenados- llegan.

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )