La izquierda, como pensamiento político es algo mucho más serio que la ridícula caricatura que se han empeñado en dibujar los oportunistas sin ideología que hoy gobiernan en beneficio propio bajo el disfraz de progresistas, feministas, miembros del movimiento lgtbi, ecologistas, y un sinfín de adjetivaciones que han querido patrimonializar para justificar el abandono de sus compromisos históricos.

Hace tiempo que se olvidaron de la defensa de la causa obrera para convertirse en la izquierda caviar donde, en un ataque repentino de amnesia, se zambulleron Pablo Iglesias y los dirigentes de Podemos para formar parte de la casta política y económica que habían venido a sustituir.

PSOE y Podemos no tienen como objetivo estratégico mejorar las condiciones de vida, laborales y económicas de la llamada clase trabajadora, que cada día paga más impuestos directos e indirectos y está huérfana de garantías.

Están empeñados en la defensa de conceptos ideológicos como el lenguaje inclusivo, el feminismo como etiqueta, el discurso de compromiso con la ecología, la memoria histórica y, en el resto de asuntos actúan con el adanismo simplón que ya definió la etapa de Zapatero, hoy millonario e insolidario con los ciudadanos de los pueblos oprimidos, especialmente en Latinoamérica.

Los más críticos con esos comportamientos de la izquierda caviar española son algunos movimientos de la otra izquierda, más ortodoxa aunque minoritaria pero muy activa que, en su análisis de la situación, ha entendido por qué muchos trabajadores que proceden de su segmento ideológico empiezan votar a partidos como VOX  en España a la Agrupación Nacional de Marie Le Pen o al ultraconservador Éric Zemmou en Francia.

 Mientras la izquierda no demuestre que es eficaz en la solución de problemas reales e inmediatos en vez de dar prioridad a objetivos ideológicos que no generan recursos para vivir mejor, muchos electores la verán como un fraude.

En la actualidad la izquierda travestida no sabe cómo reducir el paro que golpea especialmente a la juventud, en un momento de crisis económica brutal que padece toda la sociedad menos la clase política, que vive y actúa como la casta a la que por fin pertenecen todos y por eso sus votantes se sienten traicionados.

La revolución de los cabreados es un fenómeno lento pero persistente, y cuando se inicia resulta imparable porque en política no existe prestidigitador capaz de engañar a todos todo el tiempo.

Diego Armario