LA IZQUIERDA EN EL PODER

Les decía ayer, y anteayer, y siempre, que la izquierda necesita un país arruinado y aherrojado para gobernar. Es decir: sin bienes y sin libertad. La respuesta de Lenin a Fernando de los Ríos cuando le preguntó ingenuamente por la libertad fue tan sincera como demoledora: «¿Libertad, para qué?»

Es verdad, ¿para qué necesita libertad un pueblo que vive en el «paraíso del proletariado», donde cada uno recibe lo que merece y las necesidades personales, como el empleo, la educación, la sanidad y la vivienda están garantizadas, encargándose el partido de administrarlo y de paso mantener el orden establecido.

Podrá discutirse la calidad de la oferta, ¿pero no vale la pena a cambio de librarse de la inseguridad que traen consigo la democracia y la competencia? Lo malo es que tales regímenes ahogan la iniciativa personal y frenan el progreso al igualar a todos por el nivel más bajo, menos los jefes, claro.

Hegel definió la Historia como «la lenta marcha de la humanidad hacia la libertad», que en casos extremos la paraliza, como ocurrió en la mal llamada «revolución cultural» de Mao, profundamente anticultural, pues convirtió en campesinos a la entera intelectualidad.

Sólo cuando Deng Xiaoping la sustituyó por «gato negro o gato blanco, lo importante es que cace ratones», especie de capitalismo de Estado, empezó China a modernizarse, aunque con un enorme déficit de libertad, como hemos visto en la crisis del Covid-19.

Sorprende que, con ejemplos tan elocuentes, siga habiendo comunistas en España, algo que sólo puede explicar el no haber tenido un régimen comunista excepto en ciertas partes y por algún tiempo en la zona republicana.

Pero que Pablo Iglesias haya conseguido entrar en el Gobierno, cuando en el resto de Europa el partido es prácticamente testimonial, asombra. Y que lleve la batuta del mismo, sencillamente alucina. Lo que nos lleva directamente a la cabeza, al presidente. Porque Pedro Sánchez no es comunista ni nada que se le parezca.

¿Cómo va a serlo si ni siquiera es socialista, como ha demostrado a lo largo de su carrera. Es sanchista, que consiste en «lo que es bueno para mí es bueno para mi partido y para España». Y explica que haya hecho a Iglesias su socio preferente, tras decir que imaginarlo en el Gobierno le quitaba el sueño.

Pero es en estas situaciones extremas donde miente y engaña mejor. Sabe que en exigua minoría, acosado por una virus infernal y una economía al borde del abismo, necesita ampliar el apoyo. O cambiarlo.

El de Vox y el del PP los da por perdidos, así que cultiva a Ciudadanos, en concurso de acreedores tras el batacazo electoral, e intenta retener a los nacionalistas, que le miran con creciente desconfianza.

Sus últimos sermones humildes, casi implorantes indican que está dispuesto a dar lo que le pidan a quienes le permitan seguir durmiendo en los colchones que ordenó al llegar a La Moncloa. Gobernar se lo deja a ellos. Algo aún más difícil porque no quieren gobernar, sino destruir.

José María Carrascal ( ABC )