LA IZQUIERDA NOS QUIERE EMASCULADOS

Según cuentan las crónicas, en el siglo XVI un italiano afincado en Toledo construyó un aparato de madera con forma humana que recorría las calles toledanas pidiendo limosna a los peatones. Al parecer, el grado de perfección del autómata era tal que, cuando recibía la dádiva, hacía una reverencia al alma caritativa que acababa de rascarse el bolsillo, como signo de agradecimiento por su generosidad. El padre de ese artefacto se llamaba Juanelo Turriano y su criatura era conocida como El hombre de palo, al que la Ciudad Imperial dedica en la actualidad una céntrica vía.

Con tan sólo cuatro días de diferencia, el flamante Gobierno socialcomunista que padecemos ha dado cumplida muestra de sus verdaderos propósitos. Una imagen y una rueda de prensa han bastado para escenificar lo que todos sabíamos que iban a ser las primeras líneas de actuación del recién estrenado Ejecutivo de Pedro Sánchez: extrema docilidad ante quienes hicieron posible su investidura y desmesuradas ansias totalitarias por controlar la mente de sus súbditos, pues ése es el trato que ha decidido dispensar a la parte de la población no plegada a sus tejemanejes.

La foto de la humillación

El jueves 6 de febrero, desde Barcelona, el omnipotente Iván Redondo impartió una lección magistral de geometría, al explicarnos de forma harto descriptiva lo que es un ángulo agudo a través de su saludo a Joaquín Torra, el ilegal presidente de Cataluña a quien la Junta Electoral Central había inhabilitado como diputado regional el pasado 3 de enero, razón por la cual su propio Estatuto de Autonomía le impide seguir ejerciendo el cargo de Molt Honorable.

Aunque no podemos decir que nos pillara desprevenidos, el gesto en cuestión debió de sorprender a algún que otro incauto. Fundamentalmente, por dos motivos: primero, porque en las recepciones políticas esa inclinación protocolaria está reservada únicamente para dirigirse a un jefe de Estado; y segundo, porque precisamente ese cumplido le había sido negado tres semanas antes al rey Felipe VI por la casi totalidad de ministros el día que tomaron posesión de sus carteras, con la sola excepción del de Universidades.

Rápidamente, las mal pensantes molleras del Reino enlazaron ambos episodios y se afanaron en escudriñar a qué podía obedecer tamaña demostración de vasallaje. Descartada una posible hernia o cualquier otra dolencia lumbar en el protagonista de marras, la impresión generalizada acerca de esa bochornosa escena es que el Gobierno de Sánchez pertrechará todo lo que esté a su alcance para seguir habitando en la Moncloa durante una buena pila de años, incluyendo su rendición ante los que dieron un golpe de Estado en octubre de 2017 y ya han manifestado sin rubor alguno que lo volverán a repetir en cuanto puedan.

En su afán por seguir ocupando sine die la bancada azul del Congreso de los Diputados, el panorama no puede ser más estremecedor: hoy, los dirigentes de nuestra Nación se humillan ante el separatismo catalán; mañana, se postrarán ante el vasco; y pasado, se doblegarán ante cualquier otro que ponga las migajas de sus votos a disposición de esta imparable maquinaria conducente a instaurar un nuevo régimen que sustituya al del 78.

Por añadidura, la tarea de edificar toda esa pared de indignidad la acometerán a base de pladur barnizado de la más absoluta legalidad: con esas miras se ha construido el PSOE una mayoría parlamentaria suficiente con los enemigos declarados de España, capacitada numéricamente para emprender con pico y pala una reforma integral de nuestro ordenamiento jurídico que nos justificarán con una mera licencia de obra menor.

Abundando en el escarnio, el constante y perpetuo fraude de ley que se nos avecina será siempre avalado, aplaudido y masivamente difundido por ese lamelibranquio coro periodístico creado por la izquierda desde tiempo inmemorial, el mismo lamelibranquio coro periodístico mimado idiotamente por esa derecha sin memoria temporal a lo largo de los quince años que estuvo en el poder.

En otras palabras: esos abyectos medios de comunicación, en lugar de actuar como contrapoder frente a los excesos gubernamentales, realizarán el trabajo sucio de extender al conjunto de la sociedad la sensación de que no pasa nada, convirtiéndose en cooperadores necesarios del trampantojo urdido para cercenar paulatinamente nuestros derechos y libertades.

Un candado en nuestras bocas

Lo cierto es que el mensaje oculto que había encerrado tras la inverosímil contorsión de Iván Redondo no tardó en complementarse por medio del lenguaje: el lunes 10 de febrero, Adriana Lastra aseguraba que la futura redacción del Código Penal castigará como delito la exaltación del franquismo.

Se consumaba así la cuadratura del círculo delineada por socialistas, comunistas e independentistas: el desmoronamiento político de España llevado a cabo por quienes dicen representar a la mitad de la ciudadanía va a ir de la mano del amordazamiento de la otra mitad.

La consigna es clara: a partir de ahora, ni mu acerca no ya sólo de la persona de Franco, sino de todo lo relacionado con los casi cuarenta años de su mandato. Así, dentro de un par de telediarios podría ser sancionado penalmente quien se atreviera a alabar las bondades, o incluso la existencia misma, de cosas tan dispares como la Seguridad Social, que a tantos enfermos ha sanado a través de la red de hospitales públicos; el seguro de desempleo, que a tantos parados ha dado de comer mientras buscaban otro trabajo; las pensiones de jubilación, que a tantos ancianos han procurado un retiro digno en los últimos años de sus vidas; las pagas extraordinarias, que tantas vacaciones estivales y regalos navideños han costeado; las viviendas sociales, que a tantos obreros han permitido dormir con sus familias guarecidos bajo un techo; o los pantanos, que tanto han contribuido a paliar la pertinaz sequía que asola buena parte del territorio nacional. La razón de la amenaza sancionadora es sencilla: esos asientos forman parte del libro de contabilidad de la oprobiosa Dictadura.

Igualmente, será punible glosar en términos positivos la figura de nadie que guarde una mínima relación con el Generalísimo, especialmente si esa afinidad trae su origen en la Guerra Civil. Por ejemplo:

  1. Estará prohibido referirse al coronel Moscardó, artífice de la heroica defensa del Alcázar de Toledo. Pero, eso sí, se permitirá homenajear a Cándido Cabello, presidente del Comité toledano de Izquierda Republicana, que el 23 de julio de 1936 llamó teléfonicamente al propio Moscardó para advertirle de que habían apresado a su hijo Luis y que lo mandaría fusilar si no rendía la fortaleza en diez minutos, amenaza que se consumó justo un mes después.

  2. Estará vetado mentar al general Yagüe, cuya columna conquistó Extremadura para las fuerzas nacionales e hizo posible la unión con las tropas del norte comandadas por Mola. Sin embargo, se podrá honrar a Rafael Maltrana, miembro de UGT y alcalde de Llerena (Badajoz), un despreciable sujeto que capitaneó a trescientos forajidos reunidos bajo el Batallón Nicolás de Pablo, que violaron, torturaron y asesinaron a mansalva en las localidades pacenses de Azuaga y Granja de Torrehermosa y en la cordobesa Fuente Obejuna en septiembre de 1936, hasta que los hombres del comandante Gómez Cobián se adueñaron de la zona.

  3. Y estará proscrito evocar a Ramiro de Maeztu, uno de los intelectuales españoles más brillantes del siglo pasado, sobre el cual la Ley de Memoria Histórica andaluza ya hizo estragos, pues, al amparo de la misma, en abril de 2019 se le cambió la denominación a un colegio de Puente Genil (Córdoba) que llevaba su nombre; el imperdonable delito cometido por Maeztu consiste en haber sido asesinado en Aravaca el 29 de octubre de 1936 a manos de los milicianos rojos, como preludio del genocidio perpetrado una semana después en Paracuellos del Jarama, donde serían fusilados más de 7.000 inocentes. No obstante ello, e invocando la lucha por la democracia y la libertad, a buen seguro que con el dinero de nuestros impuestos se promoverá la organización de homenajes a personas como Santiago Carrillo, que en aquellas fechas había sido designado Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, y a quien Mijaíl Koltsov ─agente soviético y mano derecha de Stalin en la España frentepopulista─ señala en sus diarios como responsable político directo de esas matanzas

Hacia un nuevo modelo de sociedad

Que el Gobierno de Pedro Sánchez nos quiere sumisos y callados es una evidencia, tal y como corrobora la actitud de Iván Redondo y Adriana Lastra. La abulia intelectual del primero, la prepotencia política del segundo y la ignorancia supina de la tercera hacen inviable que, a la hora de elaborar su proyecto de lobotomía social, tuvieran en mente a aquel simpático Hombre de palo que divertía a los toledanos del siglo XVI con sus reverencias mudas.

Pero esa triple indigencia metafísica no constituye óbice para considerar que en sus cabezas merodea construir algo similar al invento que se sacó de la chistera Juanelo Turriano, aunque con el matiz distintivo de elevar su producción artesanal a un nivel industrial: se trataría de crear una inmensa granja en la que nadie piense, nadie hable y nadie se salga de la raya previamente marcada, hasta cosechar un ejército de títeres movidos por la cuerda del progresismo radical al estilo del que dispuso en la Europa del este tras la II Guerra Mundial.

Ésa será su oferta para que los ciudadanos se sientan iguales. Una igualdad completamente ficticia, puesto que, como en aquella otra granja de Orwell, unos se las apañarán para seguir siendo más iguales que otros. Con todo, sabemos que la contienda no está perdida mientras haya alguien dispuesto a dar batalla.

Y, como conocemos lo que pretenden, saquemos nuestro coraje y digámosle a esa izquierda canalla que pueden esperar sentados si se creen que nos vamos a limitar a verlas venir: ya nos las ingeniaremos para darle otro uso al hombre de palo.

Juan Ignacio Cortes Guardila  ( El Correo de Madrid )