LA JAULA DE LOS LEONES

El filibusterismo nació cuando Francia odiaba a España por haber hecho prisionero a Francisco I en la batalla de Pavía; piratas menores galos se hacían con el botín de los galeones del oro en el mar de las Antillas. Tal era el gato entre las dos monarquías que Richelieu escribió: «España es una nación insaciable y pérfida que convierte a las Indias en el infierno».

Algunos filibusteros gabachos o flamencos asaban a los prisioneros españoles y se los comían como si fueran corderos. Siglos después, el filibusterismo se transformó en la analogía de los ardides parlamentarios, con trampas saduceas para dilatar los debates, para ahogar las comisiones de investigación y para paralizar la aprobación de leyes. De esa faena de bloqueo al Ejecutivo acusan ahora a la Mesa, con supervivientes de aquella mayoría que entregó la cuchara después de un almuerzo. La Mesa se defiende diciendo que lo que hace es proteger al Senado de los verdaderos filibusteros.

Para ser diputado en este Congreso de bajonazos, pillaje y venablos, como para ser filibustero, hay que tener piel de paquidermo, porque cada sesión es una cacería. Unos partidos acusan a otros de organizar causas generales y linchamientos, de utilizar la corrupción como arma arrojadiza. Sus señorías no se parecen en nada al James Stewart de Caballero sin espada, el del excelso obstruccionismo.

Ana Pastor, gallega y médico, vigila el diván de la nación y evita que no se pasen los navajeros de argumentario con sus ofensas y sus performances, sus escupitajos separatistas al banco azul, los insultos y los desaires. La presidenta se siente tratada como una institutriz por los machistas.

Pero cada miércoles las sesiones de control se convierten en un teatro de la provocación y se esperan como una corrida de miuras, donde se pita y se abuchea el paseíllo del presidente del Gobierno, y en otras sesiones se le niegan los aplausos al Rey.

A pesar de la crispación, esa jaula de los leones sigue siendo el fortín de la voluntad popular, donde se guardan las tablas de la ley. Como ha dicho Ana Pastor en los grandes fastos de la libertad, la Constitución no es un candado, se podrá reformar siempre que haya consenso: dentro de ella, todo; fuera de ella, nada.

El palacio de San Jerónimo será una hoguera donde se queman siglas y líderes, pero es más necesario que nunca cuando las brujas del infortunio anuncian la crisis de la democracia. En España, el Parlamento es más fuerte que nunca porque el Gobierno nació en el Congreso y sigue siendo controlado por el poder legislativo.

Raúl del Pozo ( El Mundo )