LA LECHUZA

Si no te gusta oír paparruchas, si te irritan las majaderías, no escuches nada del juicio a los independentistas. Porque te vas a endemoniar con sus monsergas extrajurídicas, con su argumentario sobre la represión de sus aspiraciones legítimas, con su retahíla de tópicos victimistas destinados a presentar la causa como una venganza política.

Porque quizá no entiendas que esa exhibición de propaganda, esa reiterada arenga colectiva, forma parte de los derechos que les concede el procedimiento de garantías que el tribunal debe amparar con pulcritud exquisita.

Durante meses, los acusados y sus defensores se van a dedicar a una tentativa insistente de desacreditar a la Justicia. Ya empezaron ayer, en una mañana de alegatos plañideros trufados de la farfolla pesadísima que hace años sirve de esqueleto retórico al proyecto golpista.

No tienen otra estrategia que la de hablar para fuera de la sala, para la tropa adicta y para una opinión pública extranjera siempre seducida por el imaginario romántico de la rebeldía. Lo más chocante de todo, no te rías, es verlos apelar a la Constitución que declararon abolida para implantar como única norma su voluntad exclusiva de someter a toda Cataluña al designio procesista.

Pero éste es el verdadero Proceso, no el que se inventaron, ebrios de fatuidad autocomplaciente, en su delirio mostrenco. Un sumario con sus atestados, sus testimonios y sus pruebas para trazar el relato fehaciente de lo que hicieron. Una vista con su banquillo, sus ropones y toda la imponente liturgia del Supremo. La del poder del Estado, presente al fin en la escena después de tanto tiempo de incomparecencias, de omisiones, de lánguidas evasivas, de titubeos, y al que tal vez creyeron incapaz de defenderse de un ataque frontal contra sus fundamentos.

La República no existe, como dijo aquel mozo de escuadra tan explícitamente sincero, pero el Estado sí y estaba esperando al final del trayecto. La brillante revolución de las sonrisas, la quimera del destino manifiesto, la escenografía coral de las masas, la alegre euforia del referéndum, acababan en esto. En una docena de reos muy serios sentados bajo una pintura al fresco en la que la alegoría de la Justicia triunfa sobre el delito encarnado en una siniestra lechuza de plumaje negro.

Por eso, aunque te sulfures, no debes alarmarte ante el derroche de elocuente cinismo con el que van a tratar de revestir de gloria insurgente sus (presuntos) delitos. La batalla publicitaria hace mucho que España la ha perdido por desistimiento de sus convicciones y principios.

Pero la historia final de la sublevación no será la que divulguen los pregoneros del separatismo ni sus arúspices oportunistas sino la que quede escrita en la prosa aburrida y contundente del veredicto. Tendrás que esperar, pero hazlo con el ánimo tranquilo: en las sentencias judiciales no hay sitio para los mitos.

Ignacio Camacho ( ABC )