Pedro Sánchez llegó de forma legal, sí, pero del todo ilegítima al Gobierno: mediante una moción de censura apoyada por secesionistas y comunistas. Tampoco Rajoy ni la derecha hicieron nada por defenderse. Lejos de convocar elecciones generales, Sánchez permaneció en el poder usando todo el aparato estatal para fijarse en el cargo y hacer una mejor campaña electoral.

Ganó las siguientes elecciones cuando en los comicios anteriores había sacado, por dos veces consecutivas, los peores resultados en la larga historia de su partido. Necesitó repetir elecciones y acabó pactando con Iglesias a pesar de que había prometido no hacerlo. Ya nadie pudo dejar de observar que era capaz de cualquier cosa con tal de seguir en el poder.

Después llegó la pandemia y tuvo en sus manos un poder sin precedentes en la Historia democrática de España. En un plano histórico, podemos establecer un paralelismo, dentro del Derecho penal, con la figura del dictador que tiene su origen en la Roma Antigua y cuyo máximo exponente fue, entre otros, Lucio Cornelio Sila.

En caso de crisis, el Senado rescindía la separación de poderes y los hacía confluir en una única figura –sometida, eso sí, al control del Senado– para defenderse con más eficacia ante la guerra o la catástrofe de turno. Julio César fue el último dictador romano, ya que no le devolvió poder al pueblo: en su lugar se coronó Emperador y lo fue hasta el día en que murió asesinado.

En un plano teórico, Nicolás Maquiavelo, antes, o Carl Schmitt, después, descubrieron las posibilidades de la suspensión de derechos como supuesta salvaguarda del orden para mantenerse así en el poder.

La forma moderna de esa figura jurídica sería el estado de excepción: aquel que el Tribunal Constitucional ha achacado las medidas que el PSOE le otorgó de forma anticonstitucional al estado de alarma. Saquen sus conclusiones.

En 1934 y, tras ganar las elecciones de forma aplastante, Adolf Hitler se miró en el espejo de las dictaduras cesaristas romanas para aprobar una ley habilitante por la que dejaba de estar sometido al control de los contrapoderes democráticos. Es lo mismo que hizo Hugo Chávez con otra ley habilitante en Venezuela donde, tras ganar las primeras elecciones limpiamente, creó una dictadura bajo la apariencia de democracia. El resto oscilaría entre el fraude y la represión.

Sin control, sin libertad de prensa, sin un blindaje de la propiedad privada, sin un sistema judicial limpio, sin separación de poderes, no hay democracia. Chávez redactó —es un decir— otra Constitución para representar mejor sus intereses.

Es el camino que han seguido otros países socialistas de Hispanoamérica y que también quiere seguir Sánchez: reformar la Constitución alegando que está obsoleta. Todo eso es lo que, ahora, está construyendo Pedro Castillo en Perú: después de llegar de forma dudosa al poder está persiguiendo a los periodistas disidentes y buscando la forma de legitimarse otorgándole mayores atribuciones al Estado.

Justo igual que nuestro Pedro Sánchez: a la busca de su legitimación. Detrás de ambos están dos conglomerados internacionales distintos: El Foro de San Pablo para Castillo; El Foro de Davos para Sánchez. Pero ambos emanan de una ideología común que resulta idónea para cancelar la Hispanidad y rescindir la democracia: el socialismo.

Sánchez sabe que no le queda mucho tiempo en el poder. Otro en su lugar habría tenido hasta cinco ocasiones incuestionables para dimitir por cinco escándalos distintos. Él ha hecho el Don Tancredo sin inmutarse, ha sacrificado gozoso a sus colaboradores, ha creado distintas cortinas de humo, ha criminalizado a partidos políticos de la oposición de cara a la opinión pública, ha enfrentado a la sociedad civil, ha vulnerado derechos fundamentales, ha tergiversado la historia.

Todo para negar la evidencia. Con esos mismos trucos de prestidigitador quiere agotar la legislatura. Aunque eso pase por desenterrar a José Antonio, expulsar a los benedictinos y destruir la cruz de El Valle de los Caídos, entre otras aberraciones que planea ejecutar en próximas fechas. Pero hay algo más: las leyes que está decretando —la ley “del sí es sí”, la ley “trans”, la ley de “Memoria Democrática”, la ley de Seguridad Nacional— no son propias de alguien que espera turnarse en la oposición.

El PSOE está aprobando medidas aniquiladoras para la democracia relativas al control de jueces, de los medios de comunicación, de las condiciones educativas y demás que se le podrían volver en contra cuando gobierne otro partido. O bien cuentan con la permisividad habitual del PP o bien saben algo que nosotros no sobre cómo mantenerse en el poder.

Quizás tienen la certeza de que Casado sirve al mismo amo, porque se lo han explicado en Bilderberg, y será fiel al legado de Sánchez. Quizás saben que el futuro nos depara nuevas sorpresas tan “casuales” y convenientes como el coronavirus para practicar la ingeniería social en España de la mano del socialismo: el mejor sicario de las libertades en España.

Ahí va una especulación tan fantasiosa como, en mi opinión, factible: Sánchez podrá decretar una “crisis económica” que le permita gestionar el dinero público, disponer de la propiedad privada y movilizar a la población sin rendir cuentas a nadie al tiempo que le permitirá silenciar a los medios disidentes: una obsesión por la que lleva años pugnando.

Todo ello amparado por el inmenso poder que le está otorgando al Minotauro Estatal y por la cobertura legal que le otorga esta Ley de Seguridad Nacional en un caso así. Con la propaganda adecuada, y cuenta con ella de sobra, le venderá a la mayoría de la población la necesidad de un sacrificio así. Y culpará a los no-vacunados y a los imprudentes de la necesidad de seguir tomando nuevas medidas sanitarias. Aliado con el globalismo continuará transformando a España en un país a la cabeza de la Agenda 2030.

Y criminalizará a aquellos que defienden la unidad de España para mejor repartirse el botín nacional con sus socios secesionistas. Porque Sánchez quiere hacer lo que Zapatero no pudo: destruir España, fragmentarla, ir a esa división “federal” tan del gusto de sus amos de la Unión Europea.

Todos los socialistas son internacionalistas y Sánchez sabe que el destino final es crear un mega-Estado mundial que suprima los estados-nacionales o, al menos, los vacíe de toda relevancia, como en buena medida ya ocurre.

Que nadie se equivoque: España no es una excepción ni una anomalía. Otros países están implementando leyes y medidas similares con la falsa excusa de una crisis sanitaria. Más lo que puede venir: crisis climáticas, nuevas crisis económicas, nuevas pandemias, un apagón, lo que quieran.

Da igual la gravedad real, como en el caso del coronavirus, si ellos deciden magnificar algo para controlarnos lo conseguirán. Cuentan con los medios adecuados. Carecen de escrúpulos. Y tienen un nuevo aliciente: ya les ha salido bien una vez. La pandemia de Covid ha sido un éxito para la sustracción de derechos y libertades.

Vivimos en el Gran Reseteo del Nuevo Orden Mundial.

Guillermo Mas ( El Correo de España )

Viñeta de Linda Galmor