LA LIBERTAD DE LOS MONSTRUOS

En Bélgica, como en España, los debates sobre prisión permanente llevan nombre de niñas. Miriam, Toñi, Desirée. Sandra, Marta o Diana en nuestro país. Julie y Melissa (de ocho años), An y Eefje, (de 17 y 19) y Sabine y Laetitia, de 12 y 14, aquí. A mediados de los 90 el descubrimiento de los secuestros, las violaciones, las torturas y asesinatos de unas crías por el electricista Marc Dutroux, su mujer y un amigo en una mazmorra sádica destrozaron Bélgica.

El país no se ha recuperado del ‘shock’ y el estigma. Por la maldad, por los rumores que salpicaron a las más altas esferas, por la incompetencia de la Policía y del sistema judicial ante un criminal con antecedentes (robo con violencia, secuestro, violaciones a menores, tráfico de drogas) y condenas previas. Uno al que su propia madre había denunciado. Por una fuga increíble que se llevó por delante a ministros y comisarios tras un traslado en el que no iba siquiera esposado. Más de 350.000 personas salieron a la calle en Bruselas en la Marcha Blanca de 1996.

En España, el crimen de Diana Quer ha reabierto el debate. En Bélgica lo ha hecho un libro: ¿Por qué liberar a Dutroux? En favor de un humanismo penal, de Bruno Dayez, el nuevo abogado que espera poder sacarlo de prisión. En él, Dayez afirma que «la cadena perpetua es una ignominia y su abolición, una urgencia» y pide que la «razón prevalezca sobre la emoción».

Televisiones, radios y periódicos hablan de la perpetua y la libertad condicional. Un bloguero se ha hecho viral quemando en un vídeo un ejemplar del libro. Y el letrado, que sudó para encontrar una editorial con el coraje suficiente, ha recibido amenazas terribles. Porque la sociedad es civil, pero sólo de vez en cuando. Porque aceptar que hasta los monstruos, y sobre todo los monstruos, tienen derechos, no es algo que case bien con las entrañas. Porque Bélgica no ha perdonado ni se ha perdonado aún.

Pablo R.Suanzes ( El Mundo )