LA LIRA

El famoso síndrome de La Moncloa es una suerte de trastorno que consiste en un estado gradual de aislamiento perceptivo, y lo sufren los jefes del Gobierno al volverse, con el tiempo, incapaces de detectar el pulso social del país y sumirse en un desmayo político. Por lo general desemboca en una introversión creciente que empuja a los inquilinos del palacete a un hermetismo huidizo y anticipa el fin de sus mandatos ejecutivos.

Pero existe una variante hedonista de ese encierro de los gobernantes en sí mismos, que se manifiesta en el disfrute del poder con una delectación ajena a dificultades y conflictos. Ocurrió con Aznar y Zapatero en sus últimos períodos y sucede de modo prematuro con este Sánchez entregado con los cinco sentidos al turismo de Estado, al privilegio de los transportes exclusivos y a la autocomplacencia con su protagonismo, como si el mero ejercicio del cargo supusiera la consumación de su destino. Mientras su alrededor brotan cada vez más hogueras, el presidente toca la lira ante el ataque de pánico de su propio partido.

En realidad, su acceso a la Presidencia es la única razón que tiene para sentirse satisfecho. Durante seis meses no ha habido un solo logro relevante del Gobierno. No ha conseguido todavía presentar -de aprobar ni hablamos- un Presupuesto, y por no poder, ni siquiera ha podido sacar de su tumba a un muerto. En su afán de resistencia a cualquier precio, cada día le debe de parecer un mordisco al tiempo.

Eso sí, ha repartido entre sus fieles varios centenares de puestos, pero su hoja de servicios está vacía de éxitos. Y en las últimas dos semanas ha perdido Andalucía, donde el PSOE mantenía su principal feudo, se ha resquebrajado su acuerdo con Podemos y el nacionalismo catalán ha vuelto a declararse insurrecto. Se le ha cronificado la cuestión separatista y no sabe cómo salir del atolladero; para celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona va a tener que movilizar un ejército de policías que lo mantengan a cubierto.

Para él, sin embargo, el principal problema de la nación es el programa de Vox, un pequeño partido cuyo programa le leyó el miércoles en el Congreso a un Albert Rivera que no daba crédito. Pero no es sólo Vox, sino los barones socialistas quienes están pidiendo la ilegalización del independentismo para apagar el incendio en el que temen chamuscarse el trasero.

Todos sus antecesores aprovecharon sus primeros semestres para desplegar las principales medidas de sus mandatos. Claro que todos ganaron las elecciones con mayoría y Sánchez gobierna (?) con 85 escaños y un grupo de socios tan inestable como atrabiliario.

Aunque España ya demostró en 2016 que podía funcionar sin nadie al mando, los asuntos públicos están en estado de colapso. Y el responsable de esta crisis letárgica se muestra encantado de su estéril liderazgo y tal vez encuentre cada mañana un motivo para celebrarlo.

Ignacio Camacho ( ABC )