LA LLAVE PERDIDA

Como en estas elecciones los programas se han reducido a dos sintagmas de brocha gorda -«echar a Sánchez» y «frenar a la ultraderecha»-, resulta casi imposible saber si la que se va a abrir será una legislatura constituyente. En las diferentes propuestas de los partidos, la reforma de la Carta Magna aparece contemplada, o mencionada, de forma más bien abstracta; hasta el mesiánico refundador Iglesias parecía durante la campaña haberse convertido en un turboconstitucionalista de vía rápida.

Pero en ausencia de planes concretos conviene desconfiar siempre de las improvisaciones de la clase política, sobre todo si la iniciativa está en manos de alguien como Sánchez, tan aficionado a los golpes de efecto, los conejos en la chistera y los fuegos artificiales. Con Podemos como previsible aliado y una expresa voluntad de entendimiento con los separatistas catalanes, en cualquier momento puede aparecer en las Cortes un proyecto de cambios significativos en la norma base.

Hasta ahora, el debate reformista constituía un clásico, allá por diciembre, de cada celebración de aniversario. La discusión era meramente teórica, en forma de declaraciones de dirigentes y artículos de juristas reputados, y se detenía ante la evidencia de falta de consenso. Sin embargo, el domingo se produjo un hecho relevante, y es que ningún partido, salvo el del Gobierno, dispone ahora por sí solo de una minoría aritmética de bloqueo. Ni en el Senado, donde el bulo del 1+1+1 ha tenido devastadores efectos, ni en el Congreso.

Lo que significa que, siendo el PP la única formación opuesta a cualquier enmienda, ésta puede producirse en el momento mismo en que Ciudadanos sume sus fuerzas a la izquierda. No lo hará, desde luego, en asuntos de modelo territorial o de Estado, pero sobre otras materias existen puntos de coincidencia. Y una vez abierto el candado, el toma y daca de la negociación, do ut des, concede margen de sorpresa.

Lo que la derecha sí conserva, al igual que Podemos, es la capacidad numérica de solicitar un referéndum, incluso aunque los artículos a reformar no estén sometidos a procedimiento agravado. Ésa es la única prerrogativa que les queda a los populares tras su notable descalabro.

La llave del proceso ya la han perdido y será difícil que el resto de partidos desperdicie la oportunidad de llevar adelante su objetivo. Cs es el único dique de contención que puede ofrecer el liberalismo para que el régimen del 78 mantenga su sentido.

No cabe duda de su responsable compromiso a ese respecto; sin embargo será difícil que resista la tentación de introducir su propio sello en un texto fundacional que le es biográfica y generacionalmente ajeno. Eso de por sí no es malo, incluso sería bueno si se hace con sensatez y tiento, pero Rivera y los suyos deberán extremar su celo para que el prestidigitador Sánchez no convierta un zurcido en un agujero.

Ignacio Camacho ( ABC )