En el terrible ocaso de la civilización occidental, que deja paso inevitablemente a la barbarie representada de muy distintas formas, los pocos medios de comunicación libres que van quedando (entre ellos, este periódico) se han convertido en la única representación real de los ciudadanos, el único cauce por el que las demandas reales de la gente normal pueden ser primero expuestas y después tratadas.
Los partidos políticos, así en España como en el resto de Europa, han fagocitado la democracia haciendo de ella una burda excusa para perpetuar sus privilegios. Los ciudadanos, temerosos, angustiados, sin apenas opciones de tener una vida parecida a la de anteriores generaciones, somos llamados a las urnas para que nuestros votos se conviertan, paradójicamente, en el aval democrático de la peor dictadura: la que no se ve porque va revestida del andamiaje progre-liberal.
Quizá uno de los ejemplos más claros que evidencian este tiempo de penumbra que nos ha tocado vivir es el escándalo de los precios de la electricidad. Un ataque sin piedad contra las clases medias, un cruel atropello a los más débiles, el jaque mate a todas las familias que han salido tocadas de la crisis provocada por la pandemia. Más de 150 euros el megavatio hora, una cantidad que debería provocar la dimisión en bloque de este Gobierno comunista, socialista y obrero, si lo que hubiese en la Moncloa fuese realmente un gobierno, y no la jaula de grillos que es.
Llevamos dos meses largos con fuertes subidas en el precio de la luz. Se nos dice, y es cierto, que hay varios factores que inciden en esa subida, algunos de los cuales son de carácter económico global: los precios de las materias primas en el mercado mayorista y la dependencia energética que tiene España del gas natural argelino.
Pero cuando Pedro Sánchez y Pablo Iglesias estaban en la oposición, lo que se nos decía es que la luz estaba cara porque la derecha, Rajoy, quería favorecer a los empresarios del Ibex. Era la codicia capitalista y el odio del PP a los trabajadores lo que estaba impidiendo a las menesterosos clases medias pagar un recibo de la luz que entonces apenas llegaba a los 80 euros Mw/h. Ahora rondamos el doble.
Hoy, Pablo Iglesias es un jubilado prematuro de la política, que habla y escribe para medios de comunicación separatistas y antiespañoles, lo cual dice mucho sobre cómo debió de ser su trabajo como vicepresidente del Ejecutivo. Conviene recordar que el nuevo articulista del panfleto proetarra Gara llegó a tener acceso al CNI, donde hizo y deshizo a su antojo durante algún tiempo.
La mayoría de los españoles no es consciente en absoluto de la gravedad de estos hechos, y simplemente sigue acudiendo a votar cuando hay elecciones, creyendo que sus problemas serán resueltos por aquellos que los están originando.
Mientras, como la democracia liberal descafeinada se sustenta, cada vez más, en el romano e imperial «pan y circo», la prensa del sistema lleva a sus portadas el extraño caso del joven que se dejó grabar en el pompis una palabra malsonante y «eufónica» (García Serrano dixit).
La homofobia, el feminismo y esas bagatelas de un mundo decadente, sin brújula moral, sin valores y sin destino. Debates de todo a cien para no hablar de lo que importa.
De los pensionistas aterrados por el recibo de la luz, porque si pagan la electricidad no pueden hacer la compra en el supermercado. O pan, o megavatios.
Rafael Nieto ( el Correo de España 9