El entendimiento, segunda potencia del alma es, mediante la palabra oral o escrita, el horno donde se amasan los pensamientos, las opiniones y toda la información recibida y generada en el exterior. Se recibe a través de la escuela, la familia, la religión, el periodismo, la política o la publicidad, principalmente desde la televisión. En estos ámbitos es donde suele utilizarse el lenguaje como herramienta de manipulación.

La esencia de la manipulación reside en la persuasión, una de las tres funciones básicas del lenguaje – junto a la empatía y la transmisión de información – y que todos utilizamos para intentar convencer a los demás de nuestras teorías. En el deseo de persuadir se encuentra el verdadero origen del poder manipulador de las palabras.

Pero esto no es sólo así, ni es tan simple. Es necesario conocer las seis funciones del lenguaje, y sus estructuras que determinan la intención comunicativa al emitir un mensaje. Cada una de esas intenciones, necesita una función del lenguaje.

Cuando hablamos tenemos un objetivo, y la intención debe de estar clara para que la comunicación funcione y sea precisa. La forma será diferente según la voluntad, pues de ella depende el modo y uso del lenguaje. Si es una información objetiva; si queremos expresar nuestros sentimientos, o queremos coaccionar o dar un orden al emisor. Todo irá envuelto en una actitud que determina la voluntad del emisor.

También cuando ese emisor pretende envolver al receptor a base de palabras huecas, para marearlo y que se dé por vencido. Se usa mucho lo que Cantinflas denominaba «inflación palabraria», es decir, el lenguaje pomposo como forma de mantener estatus. O como medio que encierra un fin determinado que se le oculta al receptor.

Por eso es necesario detectar si la persona que está detrás de las palabras puede tener algún interés oculto para pretender manipularnos. Conocer su credibilidad. En la actualidad políticos y periodistas acaparan la mayoría de las sospechas, y sus palabras, sea a través de un tweet o de una entrevista emitida en televisión, o radio, etc.,

Deben ser analizadas en profundidad para detectar cualquier intento manipulador. Pues no se debe hacer cargo del primer mensaje que reciba ignorando las fuentes y detalles: ver para creer, e incluso así puede ser engañado o conducido sin darse cuenta.

La caída de la credibilidad del periodismo, objeto de la corrupción y compra del poder político que hoy gobierna, acabó con su imparcialidad, y su ética, al convertirse en un propagandista del partido dominante. Acabó con su autoridad como toda entidad que antes lo tenía. Ya no es el cuarto poder, sino el servidor del primero, comprado y manipulado por el gobierno.

Se habla de seis funciones del lenguaje, según la participación de cada uno de los elementos del lenguaje, que para Roman Jacobson, son: emisor, receptor, canal, código, referente y mensaje. La comunicación es un sistema de signos que tanto emisor como receptor deben conocer previamente. (Vemos lo que está pasando en Cataluña con esto) El emisor envía un mensaje que el receptor interpreta. (Si le cambia el código no se entenderán nunca)

La comunicación verbal puede ser oral o escrita y luego está la comunicación no verbal. Esto nos lleva a las seis funciones del lenguaje: expresiva, representativa, fática, conativa, metalingüística y poética. En síntesis: expresiva/emotiva, cuando expresamos nuestros sentimientos. Representativa o referencial, cuando damos información. Fática, cuando comprobamos el estado del canal. Apelativa/conativa, cuando incitamos al receptor. Metalingüística, cuando hablamos del propio lenguaje.

La manipulación del lenguaje se desarrolló casi a la vez que éste. El uso del lenguaje como arma de manipulación es tan antiguo como el hombre. En la actualidad, el impacto mediático es brutal, y es aprovechado para conseguir y detentar el poder. El modo y uso del lenguaje como arma poderosa. Es el desarrollo de las comunicaciones que como en otros ámbitos de la ciencia, los aprovecha el poder según sus intereses.

Las estrategias imprescindibles consiguen cambiar la mente y los conceptos y crear una nueva opinión pública. Hoy existen nombres y oraciones gramaticales, como: «indemnización en diferido» para una nómina que se sigue pagando a un tesorero despedido que amenaza con contar secretos; «tiquet moderador sanitario» a pagar por ir al médico de la sanidad pública; «cese temporal de la convivencia» a un divorcio en la familia real; «desaceleración» a una crisis económica brutal; «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas» a las amnistías fiscales.

«Ministerio de Defensa» al que se encarga de mandar al ejército a otros países y «devaluación competitiva de los salarios» a las bajadas de sueldo. La elección de las palabras sigue siendo decisiva: los que nombran la realidad controlan cómo entendemos el mundo. Cómo quieren que lo entendamos.

No faltan los eufemismos, ni la voluntad de nombrar las mismas cosas de otra manera. Cambiar las palabras y su significado para nombrar la misma cosa.

Con lo primero ya se consigue lo segundo. Goebbels (el ministro de Propaganda, diseñador de las técnicas de manipulación nacionalsocialistas) es el espejo donde se miran los socialista de hoy que se nombran «progresistas».

Véase la República Democrática Alemana (mejor eufemismo imposible) para nombrar al estado socialista de la Europa Central entre 1949 y 1990. (Continuará).

Fígaro ( El Correo de España )