LA MASA HISTÉRICA

Dicen que la gente mayor va perdiendo la memoria inmediata pero conserva ramalazos bastante lúcidos de los sucesos importantes que ha vivido, y por eso a veces no recuerda dónde ha dejado las llaves del coche o si se ha tomado la pastilla para el colesterol pero jamás olvida  cómo era el apartamento en el que se encontró con una amante de la que solo conocía su nombre, la intensidad del negro de sus ojos, sus labios entreabiertos y su desinhibida forma de hacerle saber que la que mandaba en la cama era ella.

Por entonces… y por ahora, se tenían esos encuentros de deseo y riesgo, o de amor y desencanto, de sexo y vuelta al ruedo o de intento nervioso y gatillazo,  sin necesidad de bajarse aplicaciones de Internet para encontrar una pareja ocasional o para toda la vida, y no existían programas de televisión en los que se ha sustituido el arte de la seducción por la tómbola de un encuentro imprevisible con balcones a la calle.

Cada vez se banalizan más las relaciones humanas  porque se han convertido en un producto de márquetin y consumo que hay que exhibir para que adquiera el valor de la moda impuesta, que nunca es inocente porque lo que se persigue es establecer normas de comportamiento que unifiquen las conductas  por el nivel más bajo.

Estoy persuadido de que al menos en España, la población es mayoritariamente inteligente, tiene una formación de un nivel alto o bastante aceptable,  tiene inquietudes intelectuales, lee, va al cine y a veces al teatro,  posee criterio propio, hace deporte, es solidaria y es capaz de respetar a quien piensa diferente. Pero además tiene otra característica: pasa inadvertida porque ha renunciado a forman parte de la masa histérica.

Conozco a gente así, nos tomamos  yo un café y ellos un güisqui, hablamos de literatura y en consecuencia de la vida, recordamos lo que fuimos y por eso somos lo que somos, y desde nuestras diferencias coincidimos en que los otros son los que  ladran y nosotros cabalgamos.

El ruido, que con tanta premura y constancia recogen las televisiones, suena con menos fuerza que el silencio de los que no se suman a la algarada de los mediocres sin causa, porque ellos no saben por qué gritan y queman contenedores o arrojan piedras . Solo obedecen cuando reciben la orden de hacerlo.

Vivimos en un Matrix porque los antiguos guiñoles no dan abasto para manejar todas las cuerdas que manipulan  a los más simples y desprotegidos, pero a pesar de las previsiones  pesimistas yo sigo creyendo en el valor del esfuerzo individual que sumado a otros se convierte en una potencia  que inspira esperanza en esta sociedad.

Nunca he creído en las conspiraciones universales pero sí en la estupidez humana, y por esa razón están fácil mover masas, orientar conductas e imponer doctrinas como la corrección política que hace que las víctimas le den las gracias a sus nuevos señores.

Diego Armario