Yo viví físicamente muy de cerca la matanza del 11-M porque entonces trabajaba en Cercanías en la Avenida de la Ciudad de Barcelona, al lado de Atocha y la calle Téllez. Pero no sólo por eso, sino sobre todo por la proximidad afectiva con las víctimas de nuestros trenes, afectadas por las criminales bombas en aquella aciaga y maldita mañana del 11 de Marzo de 2004.

Todos sabemos que la instrucción y el juicio sobre esta masacre estuvieron llenas de irregularidades tales como una deficiente instrucción inicial llevada a cabo por un juez incapaz; pruebas falsas puestas a disposición de los investigadores por no se sabe quién, admitidas como veraces; informaciones de determinados medios trufadas de falsedades; desaparición de pruebas; controversia e insistencia de la investigación oficial sobre la naturaleza de los explosivos cuando expertos opinaban en contrario; el interés del nuevo gobierno que salió de la masacre en deshacerse rápidamente de los coches afectados y así podríamos seguir con una larga relación de incongruencias, por no decir otra cosa.

Esto último, de que los coches de los trenes afectados se enviasen lo más pronto posible a la empresa que se encarga de los desguaces de material ferroviario, filial de Renfe lo oyeron mis oídos.

El hecho real más inmediato es que unas elecciones que -oh casualidad- se celebraban a los tres días del atentado que estaba cantado que iba a ganar un determinado partido, las ganó otro. Y en esos tres días, determinados medios intoxicando a la opinión pública, movilizándola a favor del partido luego ganador y éste asediando las sedes del Partido Popular entonces en el gobierno, al grito de «España no se merece un partido que nos miente».

Si es cierto el aserto ciceroniano «qui prodest?» -«¿a quién beneficia?»-, que se dice ante un hecho delictivo para apostar por la presunta autoría del mismo, o el de «la navaja de Ockam» que dice que la explicación más verosímil es aquella que resulta la más simple, a alguno se le pueden disparar las sospechas, pero lo que está claro es que en Derecho a nadie se puede inculpar sin pruebas.

Las posibilidades de búsqueda de beneficiarios, autores o inductores respecto de las masacres del día 11 de Marzo de 2004 son muchas y todas pueden entrecruzarse. Bajos fondos, o no, de servicios secretos extranjeros; revanchismo por unos hechos previos entendidos como una humillación a algún país vecino, o no vecino; la manipulación por parte de terceras potencias de unos fanáticos religiosos con el afán de modificar el curso de la política española, etc, etc pueden ser algunos candidatos verosímiles. Lo que sí resulta bastante increíble es que solamente una docena de personas hayan podido realizar por si solos tamaño atentado.

Y pese al juicio celebrado, se pueden dar por culpables a quienes la justicia inculpó como tales, o no. Pero lo que es inapelable es que los inductores no se han sentado todavía en ningún banquillo porque repetimos, que como se dice en el argot jurídico este cruel atentado se realizó, sí o sí, siempre «en compañía de otros.»

Pocos se acuerdan y hacen ya caso a las familias de las víctimas después de dieciocho largos años para ellas, sobre todo las administraciones que mecánicamente se limitan a celebrar la misma liturgia cada año en esta fecha aciaga. Y poco más, Solo les acompaña el callado cariño y compasión que cada ciudadano llevamos dentro para con ellas. Ellas solas tienen que luchar para que tamaños crímenes no prescriban dentro de dos años, en una brega en solitario que a nadie parece importarle y mucho menos a la justicia y a los políticos.

El 11-M cambió el rumbo de España por lo que vino después: vino de nuevo el guerracivilismo más descarnado cuando ya había había sido arrumbado a las estanterias de la historia, vino el revanchismo con leyes sectarias y mentirosas, vino el feminismo con leyes ideológicas y fantasías sexuales demenciales, vinieron las consecuencias de un modelo autonómico que llevaba en su seno el secesionismo y ha sido permitido y consentido por el bipartidismo y vino todo esto y muchas más desgracias, económicas incluidas, que padecemos hoy.

¿A quién interesaba que esto ocurriese así?, ¿de quiénes se valieron a los que les interesaba que esto ocurriese así? Después de 18 años todo está por conocer.

José Enrique Villarino Valdivieso ( El Correo de España )