LA MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS ES NUESTRA DIGNIDAD

Tratándose de ETA, deberíamos estar acostumbrados a esperar siempre lo peor. Pero quizá es que la infamia nunca dejará de sorprendernos. La estéril crueldad disfrazada de alta política que ha caracterizado el lenguaje de la banda durante sus seis décadas de terror planificado se compendia en el medido comunicado de su disolución. En el cual es imposible atisbar nada parecido a la única afirmación que sería aceptable, aquella que ayer reclamaba en vano Consuelo Ordóñez en nuestras páginas: «Nunca tendríamos que haber existido». Lejos de tal asunción de responsabilidad, ajenos a cualquier forma de decencia, los culpables de mil asesinatos y decenas de miles de exiliados y extorsionados pretenden marcharse de nuestras vidas con la cabeza bien alta y el contador criminal a cero.

Fieles a ese leninismo esencial que consagró la mentira como herramienta revolucionaria, los etarras tratan de legitimar su legado reafirmando el cuento maniqueo de los gudaris heroicos en lucha contra el Estado opresor que encontraron un País Vasco «agonizante» y lo devuelven hoy convertido en un «pueblo vivo gracias al trabajo realizado en distintos ámbitos y la lucha de diferentes generaciones». En este punto, y teniendo en cuenta que están llamando «trabajo» a la nuca perforada de Miguel Ángel Blanco o a los niños reventados en Hipercor, es difícil contener las arcadas.

Asentada la mentira fundacional, el texto pasa a detallar el programa político, que hoy como ayer sigue siendo la construcción del Estado vasco independiente y socialista, previa negociación para acercar a los presos primero y para concederles beneficios penitenciarios después. ETA se disuelve sin deplorar sus medios -el crimen- ni renunciar a sus fines: la independencia. Lo deja por facilitar un procés vasco para el cual ella misma sabía que representaba el principal obstáculo. Su incurable tacticismo resulta escalofriante, pero no tanto como imaginar la posibilidad de que algún gobierno llegara a ceder a sus demandas, traicionando la memoria de los muertos.

Cuando repetimos que ETA ha sido derrotada por el Estado de derecho estamos refiriéndonos al ejemplo moral de las víctimas que renunciaron a la venganza y se confiaron a la Justicia; a la inquebrantable labor de los propios jueces y fiscales; a la abnegación de la Policía y la Guardia Civil, que honran en los muros de sus cuarteles a los caídos; al coraje cívico de los que alzaron la voz cuando hacerlo equivalía a ser señalado; a la resistencia de los políticos constitucionalistas cuando los compañeros eran talados uno a uno; a los empresarios que se negaron a financiar nuevos atentados; a los periodistas que lo contaron todo y, amenazados, lo siguieron contando. Por todos ellos debemos recordar, y por todos ellos debe ganarse un futuro que no les hiele la sangre. Ese ciclo no lo puede cerrar ETA, con sus delirios, por puro oportunismo, sino los demócratas, con sus razones, por respeto a sí mismos.

A este mutis guionizado, insincero y venal se le añade la macabra ironía de que leyera el comunicado Josu Ternera, un prófugo de la Justicia que dirigía ETA cuando la bomba en la casa cuartel de Zaragoza arrebató la vida a 11 personas. Sin colaboración resuelta para esclarecer los más de 300 crímenes que claman justicia no puede plantearse ningún beneficio penitenciario. ETA ya no existe, y el pasado no se puede borrar, pero el futuro está aún por escribirse. El proceso de desnazificación en Alemania no se emprendió bajo la coqueta distinción entre víctimas inocentes y objetivos justificados: se asumió la culpa, se registró el horror, se formuló el desagravio, se erigió la memoria y se transmitió la verdad a cada miembro de las generaciones venideras. Eso se hizo. Y eso hay que hacer en la Euskadi posterior al terrorismo. De lo contrario, la primera víctima será el porvenir de nuestra democracia.

El Mundo