Lo peor de un gobernante es la mentira; lo peor de un pueblo es dejarse gobernar por mentirosos, teniendo conocimiento del engaño. Cuando esa mentira se institucionaliza y no se establecen resortes de conciencia, ética, dignidad, inteligencia y altura de miras en la sociedad civil para revertir la situación; la enfermedad puede destruir el tejido social y caer en el pesimismo irrelevante, principio de la derrota.

Tenemos un Gobierno, dentro de un Sistema, que ha hecho de la mentira virtud. Y no llevamos cuatro años, sino cuarenta, sin querer despertarnos, ni despertar a los vecinos, a los más próximos, a la sociedad, para reaccionar frente al engaño.

Ya no es que el enemigo exterior nos aceche, invada, influya y condicione nuestra forma de vida, bienestar e independencia, no; es que el enemigo está dentro y pretende llevarnos a la autodestructiva, por fracasada, convivencia de la II Republica, a la que nos vuelven a empujar.

Desde el Gobierno, unos inconscientes sin escrúpulos y enormes ansias de poder, han tomado a la nación y pueblo más antiguo y culto de Europa, como un laboratorio de experimentación social; nos ha elegido el globalismo como a cobayas de un país decadente, donde experimentar las políticas disgregadoras, austericistas e historicistas que desfiguren lo que hemos sido, somos y queremos ser.

Nuestro suelo histórico ya no admite más caídas. Ya no habrá más blanqueos de la “leyenda negra” porque el final del sustantivo España y de su brillante, heroica y civilizadora huella en el mundo pretende finiquitarse.

Como acertadamente señala Aquilino Duque: “La Guerra Civil, fue uno de esos fracasos históricos de los que se regodean los que consideran que toda la historia de España es un fracaso. Y es que ese fracaso, el de la Segunda República, ya había empezado en octubre del 34 con la revolución de Asturias y la insurrección de Barcelona”.

Ese fracaso sigue creyéndose vigente mediante la obscena manipulación de la vida y obra de quienes impidieron que esa republica fuera soviética. En toda guerra, sea civil o mundial, sólo hay vencedores. Y Franco, en condiciones muy desfavorables y con la mitad de los españoles que “no se resignaban a morir” o a convertirse en un “republica soviética”, triunfaron y gobernaron para todos los españoles, sin exclusiones, ni formulismos democráticos.

Sólo se excluyó a los que habían destruido la legalidad republicana y la convivencia entre los españoles con la persecución religiosa, la revolución de octubre del 34 y de las fraudulentas y violentas elecciones de febrero del 36. Quien volvió a traer la monarquía y salvó del exterminio a la Iglesia, bien merecería el reconocimiento público y notorio de ambas instituciones y del resto de la clase política.

Resulta evidente que la clase dirigente ha fallado en la conducción democrática de España, entre otras cosas, por su pertinaz mentira antifranquista. La prueba irrefutable de que el antifranquismo no es democrático lo demuestra la creación de leyes totalitarias memorialistas que impiden un debate riguroso y libre.

Paradojas del destino; “los auto declarados herederos ideológicos que destruyeron la convivencia e hicieron fracasar la II Republica, conforman el frente popular de gobierno antifranquista, actual”. Como si la vida de España, pudiera detenerse en 1936. Como si hubiera un partido franquista. Como si no pudiera haber un partido franquista.

Como si la gratitud y el reconocimiento de la era de Franco fuera incompatible con la democracia. Como si esta deficiente democracia, no trajera causa de los logros económicos, la paz social y la legalidad legitimadora de las instituciones que aún luchan por sobrevivir y estabilizar la Nación.

Han institucionalizado la mentira de que los enemigos de Franco y quienes traicionaron su juramento y herencia, son los demócratas y trajeron la democracia. ¡La falsedad del relato de la indocta clase política que tenemos lo posibilita!

Los medios de comunicación a su servicio lo amplifican.

Jaime Alonso ( El Correo de España )