LA MESA DE LA CLAUDICACIÓN

Conviene recordar el origen del humillante disparate en forma de mesa de negociación que va a perpetrar hoy el Gobierno de Sánchez con el del inhabilitado Torra. Conviene recordar que esa mesa que Sánchez, haciendo de la necesidad virtud, pretende ahora convertir en benevolente emblema de su voluntad de diálogo no es más que la indigna claudicación que quería evitar cuando decidió repetir las elecciones para no tener que depender de los separatistas.

La apuesta le salió mal y perdió muchos votos, pero en lugar de explorar la vía constitucionalista pactando con el PP y Cs se abrazó a Pablo Iglesias y confió la gobernabilidad al chantaje perpetuo de ERC. Que le puso esta mesa extraparlamentaria como condición de su investidura y ahora le obliga a celebrarla como condición para empezar a negociar los Presupuestos.

Según la propaganda de Moncloa, ERC no quiere saber nada de JxCat y ha iniciado un camino de moderación; pero ni sus declaraciones avalan esa fantasía ni los hechos tampoco: hoy la orilla separatista de esa mesa seguirá liderándola Torra junto con Pere Aragonès y otros diputados de JxCat y ERC en comandita, incluido el imputado Jové, en cuya agenda según el juez consta el diseño del golpe del 1-O y de la futura república.

Lo peor no es que esa mesa sea el símbolo de la rendición de Sánchez a las exigencias de un separatismo que no se arrepiente de sus delitos. Ni que sea una prueba de su desprecio por los cauces institucionales y la enésima impugnación de la vigencia de la Constitución por la vía de los hechos después de hacerlo por la vía de las palabras; recordemos lo que sentenció el mismo Sánchez tras verse con Torra en Barcelona, cuando fue recibido como un jefe de Gobierno extranjero: «La ley no basta».

Lo peor no es que esa reunión margine a los constitucionalistas catalanes, proyectando la imagen de que toda Cataluña está representada en la parte secesionista de esa mesa. Lo peor es que en la orilla gubernamental se sienta Pablo Iglesias, cuya misión tanto en la moción de censura como en la coalición de Gobierno nunca fue defender la soberanía nacional ni la unidad de España, sino asumir el proyecto plurinacional con derecho de autodeterminación del otro lado de la mesa.

Por eso da igual que del encuentro de hoy salga o no algo concreto. La propia imagen supone una dolorosa derrota del constitucionalismo y un balón de oxígeno para la posverdad del separatismo en el extranjero, cuyo delirio de dos naciones negociando en pie de igualdad será hoy avalada por el presidente del Gobierno, por mucho que intente disfrazar su claudicación.

Los daños institucionales de su felonía son incalculables y los efectos duraderos. Las cesiones de Sánchez a cambio de sostenerse personalmente en el poder aceleran la centrifugación del Estado. Y será difícil que ese proceso pueda revertirse.

El Mundo