LA MIRADA VACÍA

Los dos matrimonios presidenciales del Gobierno de España, el compuesto por Begoña Gómez y su Primer Galán, Pedro Sánchez, y el formado por los condes de La Navata de Galapagar –título excesivamente largo para imprimirlo en tarjeta de visita–, han alcanzado su objetivo fundamental. Desenterrar a Franco, sacar sus restos del Valle de los Caídos y entregárselos a la familia para que sus nietos hagan con ellos lo que lo que les plazca. Para tal fin han trabajado sin descanso en pos de encontrar las trampas legales necesarias para lograr el heroico final. Sucede que no están las cosas tan fáciles.

Para desenterrar a Franco, sacar sus restos de Cuelgamuros y entregarlos a sus herederos es necesario e imprescindible el acuerdo entre Gobierno y familia, como bien ha recordado el señor Arzobispo de Madrid en un descanso de su baile de la Yenka. Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, un, dos tres, por si alguno no lo recuerda. Y el proceso puede prolongarse hasta alcanzar los predios papales, en cuyo caso el proyecto gubernativo conseguiría su gran objetivo.

Vencer, al fin, después de 43 años muerto y enterrado, a quien no tuvo ni el socialismo ni el comunismo coraje para derrotar durante la Guerra Civil y los 39 años de régimen franquista. Régimen, por otra parte, enterrado por el propio franquismo durante la transición a la democracia que hoy disfrutamos y padecemos simultáneamente con tanto majadero y traidor en la política y la sociedad.

Por otra parte, lo que socialistas, podemitas, comunistas, etarras y separatistas vascos y catalanes ignoran –el apoyo al Gobierno de los Gómez y los nuevos condes–, es que su odio por unos huesos va a llevarlos, involuntariamente si consiguen su propósito, a protagonizar una bellísima acción. Respetar, 43 años después de su fallecimiento, los deseos y voluntades de su odiado fallecido, al que siguen temiendo sin disimulo.

En el Valle de los Caídos descansan los restos de tres mil españoles procedentes de los dos bandos bélicos. Para encontrar tumbas con más muertos –y en el caso que nos ocupa, no caídos en el frente de batalla sino asesinados vilmente en la retaguardia del Frente Popular– es necesario visitar Paracuellos del Jarama, donde descansan en fosas comunes los huesos de seis mil españoles inocentes y, entre ellos, los de más de doscientos menores de edad y niños. El principal autor del genocidio cobarde y comunista, conocido en vida como Santiago Carrillo Solares, yace en su tumba y cuenta con el respeto cristiano y el desprecio de las familias de sus víctimas, pero nada más.

Pero retornemos a la bella acción. Franco jamás mostró interés por ser enterrado en el Valle de los Caídos. A Franco estar o no en las soterras de Cuelgamuros le importaba un pito, cuando no un pimiento. De elegir su sepulcro, de acuerdo con informaciones surgidas de su propia familia, al general Franco le habría parecido muy bien esperar a su mujer e hija en el cementerio del Pardo, o yacer junto a su madre en El Ferrol. De ahí, que la obsesión de socialistas y comunistas de triunfar sobre unos huesos, conlleve simultáneamente un mensaje de cumplimiento de últimas voluntades del fallecido, que demuestra que en el fondo, muy en el fondo, son buenos chicos o simplemente tontos del culo.

El Gobierno de España tiene un solo objetivo. Sacar a Franco del Valle de los Caídos. Es decir, cumplir con los deseos de Franco. Y se están liando de tal modo las cosas que podemos terminar asistiendo a un espectáculo estremecedor. La Iglesia, desagradecida y patidifusa, siempre a la expectativa. El Gobierno, desconcertado. ¿Franco en Cuelgamuros? Fracaso político. ¿Franco en El Pardo o en El Ferrol? Gratitud de unos huesos que al fin encontraron su sitio.

Y en caso de desenterrarlo, una opinión. No es cosa mía, sino de un Mariscal de Napoleón: «Vengarse de un muerto es una cobardía. Desenterrar a un muerto que pertenece a la Historia es histerismo e impotencia. Y de hacerlo, el desenterrador, si es valiente, tiene que estar presente en el acto siempre que pueda sostener la mirada vacía de la calavera».

Alfonso Ussia ( La Razón )