LA » MUJER ARAÑA » DEL RÉGIMEN ANDALUZ

Solo, fané y descangayado, como en el tango de Gardel. Así es la lastimosa imagen que ha proyectado el Gobierno al cabo de una semana de horror en la que Pedro Sánchez ha buscado consuelo poniendo tierra de por medio. Disfrutó de una excursión diplomática en La Habana, acompañado de quien está dispuesta a desplazar a la Reina del trono de primera dama.

Gustándose a sí mismo, ensalzó la dictadura de los Castro y se olvidó de las víctimas de su inmisericorde represión. Entre tanto, en consonancia con la tradicional política corsaria de Inglaterra con Gibraltar y aprovechando la incomparecencia del Gobierno, Theresa May se valía del remate de la negociación sobre el Brexit para dejar fuera de juego a España.

Nuestro Pedro sin Tierra, dispuesto a relativizar todo lo que tenga que ver con la soberanía nacional, ya había anticipado que Gibraltar no sería un problema. Así fue hasta que constató que la premier británica se valía de ese triunfo para cerrar las fisuras internas en torno al tratado sobre el Brexit. Ello insufló los titulares patrióticos de los tabloides de un Reino Unido dispuesto a trocearse, pero a no perder reminiscencias coloniales de su imperial ayer. Al final, al borde de la campana, salvó el K.O. Pero difícilmente pueden lavarle la cara unos añadidos al Acuerdo de difícil validez jurídica.

Previamente a su escapada cubana, había saltado por los aires su cambalache judicial con el PP, merced a la negativa del magistrado Marchena a dejarse trajinar para darle aire de respetabilidad al gatuperio, lo que le honra y prestigia a una Justicia en solfa, y sus socios de moción de censura le infligieron un manteo como al que a Sancho Panza hizo vomitar las entrañas.

Los secesionistas de ERC humillaron hasta la ofensa al ministro Borrell -bufido ensalivado o no, al margen- sin que nadie sacara de veras la cara por él para no agravar la precariedad gubernamental. Pocos gestos tan expresivos como los de su vecina de banco azul, la ministra Delgado, agarrándole del brazo. «Pepe, contente, que nos pierdes el Gobierno», debió manifestarle.

Retrotrajo al debate de investidura de marzo de 2016 cuando Iglesias recordó al aspirante Sánchez el pasado de los GAL -«manchado de cal viva»- de González sin que el líder socialista fuera demasiado allá en la defensa del ex presidente, consciente de que lo necesitaba como compañero de viaje. Ahora los neocomunistas de Podemos dan por muerta la legislatura y se preparan para unas elecciones en ciernes.

Parece ponerse punto final al largo adiós de una corta legislatura pendiente de la batalla andaluza y de los pactos que puedan configurarse, teniendo en cuenta que su naturaleza puede hipotecar el mayo electoral. Sánchez habrá de deambular como un pato cojo hasta esa cita con las urnas, si es que no lo hornean y trinchan antes. Debe estar arrepentido de no haber forzado la máquina y haber convocado elecciones conjuntas con su enemiga íntima Susana Díaz.

La presidenta andaluza afronta el próximo domingo un plebiscito que abre un baile que pondrá en danza comicios administrativos de ámbito local y autonómico, europeos y generales. Un proceso a prueba de resistencia como aquella a la que fueron sometidos los desesperados protagonistas del drama cinematográfico Danzad, danzad, malditos.

En este ciclo electoral con la puerta entreabierta, el PSOE parte con la ventaja de perfilarse como ganador de la cita meridional. La cuestión estriba en saber quién será esta vez la pareja. Díaz ya ha sido asistida en este menester por IU (hoy en coalición con Podemos, bajo la marca Adelante Andalucía) como socio de Gobierno (bienio 2013-2015) y por Ciudadanos como aliado parlamentario (trienio 2015-18).

Durante su quinquenio presidencial tras reemplazar a su Pigmalión Griñán, hoy en el banquillo con Chaves, ha jugado con picardía con ambos pretendientes. Comparable a la de aquel dux al que los francos, al emprender la cuarta Cruzada en 1202, recabaron ayuda para el traslado de sus ejércitos a Palestina «para vengar la ofensa a Jesucristo con naves y cuanto sea necesario para cruzar los mares». El dux, ciego y de 90 años, accedió a cambio de que, camino de Tierra Santa, ayudarán a los venecianos a sofocar una revuelta en la costa de Dalmacia. Cumplido el objetivo, les emplazó a desviarse a Constantinopla y, a base de darle largas, la Cruzada no alcanzó jamás Tierra Santa.

Con diferentes ardides, tanto IU como Cs comprobaron como Díaz incumplía sus compromisos. Si bajo el cobijo de IU el PSOE hizo el relevo generacional (que no la regeneracional) de los dinosaurios a los bebesaurios del régimen, sustentando incólume su estructura clientelar, los afeites de Cs han servido para que la hija de un ayer comprometedor se maquille y sea percibida como algo distinto.

Claro que, a diferencia de entonces, Teresa Rodríguez no es Diego Valderas. No ya por la antipatía que se profesan una y otra, sino porque IU era una formacion crítica con el sistema, pero dentro del mismo. La nueva coalición está por su destrucción y por el derecho de autodeterminación dentro de ese Estado plurinacional argüido por Lenin en sus tesis bolcheviques para tomar el poder en Rusia. Tampoco Cs está por reeditar su acuerdo. Pero puede tragarse sus noes para que Díaz no se eche en brazos de los Clinton (anticapitalistas) de Cádiz.

Si la primera vez (2015) la presidenta bajó anticipadamente el telón de la legislatura para que la campaña no coincidiera con el paseíllo judicial de dos ex presidentes y la cuerda de ex altos cargos implicados en el fraude millonario de los ERE, tres años después ha repetido la jugada para anticiparse al desenlace judicial. Díaz se beneficia de que, en Andalucía, tras 40 años de gobiernos socialistas Nunca pasa nada, retomando el título de aquella película de Juan Antonio Bardem que retrata el ambiente asfixiante de las ciudades provincianas del franquismo en las que el tiempo parecía entelarañado.

Igual que en la localidad imaginada por el hermano y tío de la conocida saga de actores, cuando se desata alguna tormenta en Andalucía, se aguarda a que se haga la calma y las cosas vuelvan a su ser, regresando a los fingimientos y a las andadas. Así suma décadas de espectáculos nada edificantes de corrupción, abuso de poder, despilfarro e incompetencia. Todo se consume en un «mañana lo haré» para al día siguiente continuar haciendo lo mismo.

Cierta vez, un conocido empresario olivarero, Antonio Luque, al frente de la cooperativa Dcoop, de Antequera, ironizó con que los andaluces podían ser de izquierdas, de derechas o de centro, pero votaban rutinariamente al PSOE. El PP lo ha vivido en carne propia. Incluso con ocasión de la amarga victoria de Arenas en 2012. Dándole por ganador, muchos acudían en tropel a sus actos y el día de marras doblaron la papeleta con el anagrama del PSOE amparándose en que tenían que pensar en el familiar que trabajaba en la Junta o en la ayuda que recibían. Ello, junto a la subida fiscal de Montoro y la agitación sindical en torno a la reforma laboral de Báñez, le hurtó la mayoría absoluta que precisaba.

Así se explica que, al cabo de estos 40 años de nada, el PP aspire a consolidar esa segunda plaza que evitaría un sorpasso de Cs. Caso contrario, se comprometería el proyecto de Casado, si es que no acarrea una reformulación del centroderecha, tras fraccionarse lo que tanto costó unir a Aznar refundando el PP.

Contrariamente a aquello de que «las medallas de plata son las únicas que no se ganan, sino que se pierden», en este brete, ésta sería motivo de gran contento para un partido apremiado por Cs y por un emergente Vox. Aprovechando la inacción de Rajoy y el problema de la emigración, los de Santiago Abascal le restarán votos y, de paso, favorecerán las expectativas de Díaz, como Mitterrand con Le Pen padre o González con Jesús Gil, al que indultó como Franco.

Durante tres décadas, desde la llegada de Borbolla en 1985 para enterrar el caudillismo de Escuredo y su «nacionalismo de clase» hasta la salida de Griñán en 2013, Andalucía se gobernó bajo los parámetros de un populismo institucional, esto es, un sistema corporativista con el PSOE como partido-autonomía estableciendo una relación clientelar en masa.

Cuando el agio con el dinero de los parados y la crisis produjeron un incendio que asoló la autonomía y deslegitimó al PSOE como partido guía, Díaz se afirmó por medio de un populismo personalista. Un peronismo a la andaluza en el que, orillando las siglas del PSOE si menester fuera, establece un vínculo directo con el «pueblo», al que «tanto debo y tanto quiero», al modo de las folclóricas. A medida que arriaba la bandera de la virtud, más alzaba la enseña andaluza para tapar trapicheos y corrupciones.

De este modo, se pasa de la patrimonialización de la autonomía por el PSOE, como ha venido haciendo desde el 28-F de 1980 en adelante, a una personificación de la misma en una presidenta con un populismo de copla. Su electorado se confunde con el espectador-tipo de Canal Sur. Díaz busca su legitimidad, por encima de cualquier otra consideración.

Establecido ese nexo, configura una política escapista de modo que sus incandescentes discursos contra la corrupción le hagan salir indemne del despilfarro fraudulento de cientos de millones destinados a combatir un paro del que, paradójicamente, el PSOE ha hecho lucrativo negocio y botín.

A este menester impregna de retórica su lenguaje y se vale de su imprecisión ideológica para defender una cosa y su contraria, justificándolo en que se debe a «la gente».

En consecuencia, la Estrella del Sur puede salir airosa por mor de la legión de crédulos que se indignan con la corrupción, pero no mueven el voto. A resultas de ello, sus eventuales coaligados podrían adquirirle otro auto de segunda mano, tras el chasco del otro que les vendió.

Pero, en verdad, lo que está en juego este 2 de diciembre no es principalmente la cortedad de miras de sus socios de gobierno o de Parlamento, sino la de los andaluces. Ya veremos, dijo el ciego. A veces, cuando nunca pasa nada, acaba pasando de todo. No parece el caso.

Envuelta en la telaraña de poder de 40 años de régimen clientelar en Andalucía, Díaz se ha convertido en una auténtica mujer araña, cuyo porvenir alumbrará el de Sánchez en este tiempo de descuento que parece vivir su Gobierno.

Francisco Rosell ( El Mundo )