LA MUTUALIZACIÓN DE LA CULPA

Cuando la Generalitat de Cataluña se pone medio seria y recomienda a los vecinos de Barcelona que no salgan de la ciudad, la gente coge carretera y manta y sale pitando, incluido el novio de Ada Colau, que se fue de viaje con los dos chiquillos para quitarse de en medio.

No fue el único que le vio las orejas al lobo del confinamiento: desde las tres de la tarde del viernes a la misma hora de ayer, 416.646 vehículos salieron de la Ciudad Condal, según datos del Servei Català de Trànsit, reconvertido en rastreador del virus de la desobediencia ciudadana a unas sugerencias -lo uno lleva a lo otro- de desobligado cumplimiento. «Faltan rastreadores». «Lo que no hay es vergüenza».

Cuando la Comisión Europea se pone medio seria y con periodicidad semestral hace públicas sus recomendaciones económicas -«orientaciones adaptadas a cada país sobre cómo impulsar el crecimiento y el empleo manteniendo unas finanzas públicas saneadas», según la nota aclaratoria-, al Gobierno español les entran por uno y les salen por otro.

Que si las pensiones, que si la deuda, que si el déficit, que si el mercado laboral… Coge a los niños, Adrià, y llévatelos en el coche. Luego vamos viendo. Pedro Sánchez era ayer en Bruselas el que volvía de la playa, con los chiquillos, los manguitos y los flotadores de palmeras. Está feo decirlo, pero el presidente del Gobierno no tiene toda la culpa -solo la correspondiente a dos años, perpetuo viernes social- del ajuste de cuentas de estos últimos días en la capital comunitaria.

La Europa de las orientaciones, como la Barcelona de las recomendaciones, se sostiene sobre la responsabilidad individual para aceptar y aplicar unos consejos cuya naturaleza -sin compromiso, como el que va a ver ordenadores- invita a su ignorancia, especialidad en la que España, como el Adrià de la alcaldesa, es una potencia.

Esto no es cosa de hace un mes, ni tiene que ver con el desastre de la pandemia, ni con la solidaridad unidireccional que acaba de descubrir Sánchez y que canturrea su coro de voces femeninas y ministeriales. Esto viene de lejos, se deriva del exceso de confianza, se complica por el relax sistemático y tiene mucho que ver con el conocimiento del medio que el turismo ha proporcionado a las decenas de millones de viajeros europeos que, como el Adrià, el del coche, nos visitaban cada año.

Nos quieren y nos siguen, como a las folclóricas de antes, y saben por las teles de su país cómo nos las gastamos y cómo nos lo gastamos. Donde antes no se ponía el sol ahora siempre es viernes. Si no la deuda, habría que mutualizar las culpas, de quien lo hizo y de quienes lo consintieron.

Lo contrario sería tanto como sugerir que la responsabilidad del contagio comunitario de Barcelona es exclusiva de los vecinos, por no hacer caso a ciertas recomendaciones.

Jesús Lillo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor