La llamada Transición ha consistido en que los sucesivos gobernantes han ido acumulando los cascotes generados por sus destrozos, empeñados en derribar a la España alzada durante el franquismo.

Y mientras prosiguen su labor destructora, lejos de reconocer su rencor, su deslealtad y su corrupción, persisten en hablar de libertad, de democracia y de progreso, poniendo simultáneamente en circulación las oportunas leyes totalitarias. Sufrimos ahora a causa de las leyes tanto como a causa de los escándalos, porque las leyes socialistas suelen ser escandalosas, pues siempre es un escándalo la protección del crimen y de sus actores.

Además, después de más de cuatro décadas desenredando el ovillo de la hispanofobia y del antifranquismo, y cultivando la metafísica del enriquecimiento propio y clientelar, han acabado en manos de los jefes extranjeros, y no puede extrañar a nadie que, tras integrarse como siervos en la nómina del NOM, se dediquen, llegado el momento de su dorado y delictivo retiro, a un ocio digno de su catadura intelectual y moral como es el de contar nubes y billetes de banco, mientras esperan esporádicas llamadas de sus patrones para echar azúcar a los sapos que, por ley, han de tragarse los españoles.

Desde el felipismo, todos los políticos de la casta, sustentados por sus voceros, han tratado de que confundamos riqueza y crecimiento espurios con justicia social y desarrollo; progresismo con progreso; aumento del PIB con cohesión económica y social.

En todos estos años, la buena marcha de los beneficios empresariales afines, la omnipresencia de operaciones especulativas, el impúdico incremento de las retribuciones en los altos niveles directivos de empresas públicas y privadas -todo ello en contradicción con la fragilidad de la estructura económica y la extrema deuda pública- han sido tan evidentes que el falsario discurso oficial y mediático ha procurado desviar la atención dando al pueblo carnaza venérea y festiva.

A ello se han añadido los inadmisibles costes de una inmigración ideológicamente planificada, de unas inversiones y concesiones impulsoras de los separatismos o de unas autonomías centrífugas y despilfarradoras que, todo junto, han llevado a varias crisis socioeconómicas, mejor o peor parcheadas y disimuladas pero que no han podido impedir el deterioro de la salud social, de la sanidad, del empleo ni, especialmente, de las pensiones, cuyo futuro está cada vez más en entredicho.

La progresía o el encanto de las izquierdas resentidas y de sus terminales, su rostro moderno, su movida cultural, su rock salsero, su cine, su afiche, su apartamento, su idealización de la pederastia, su turbiedad homosexista, su manera de entender la familia, la pareja y el sexo, su servilismo hacia la cultura anglosajona y hacia el idioma inglés… se han ido imponiendo paulatinamente en una sociedad inerte.

Con ideología cuáquera (es decir, reprimida, paradójicamente) -un toque de tramposo feminismo, un atuendo esnob, un bar de encuentro, un argot- lo progre, o desnaturalización del marxismo arcaico, ha protagonizado como vanguardia muchas de las aberraciones e idioteces colectivas del tiempo en que vivimos.

Estos chicos enseguida se colocaron en los lóbis o en los aparatos institucionales o coercitivos correspondientes, de la mano del PSOE o del reconvertido comunismo. Y desde allí, mientras se enriquecían rastrera o delictivamente, se dedicaban a crear las nubes de efectos especiales, a lanzar botes de humo, a gritar «¡al ladrón, al ladrón!», con la habitual técnica utilizada para esconder sus escándalos.

La práctica totalidad de los yuppies que nos saludan desde los consejos de dirección de las eléctricas o similares, desde los burdeles de lujo, desde las cavernas pedófilas, desde las cruces derribadas o desde el yate, militan en los partidos de izquierda o en los de sus cómplices y, por las noches, participan en esa rentable, comanditaria y jactanciosa cursilería de lo progre, que es, en definitiva, una patrimonialización del Estado en provecho propio.

Los que, en medio del desastre social, moral e institucional, aún permanecen en pie, luchando contra esta barbarie de terciopelo que trata de hacer pasar a la demencia y al vicio como un avance evolutivo de la humanidad, se han quedado solos.

La progresía, ese híbrido amanerado de capital y marxismo, creando sus propios mitos, casi todos anglosajones, e imponiendo una suerte de censura estética y moral, ha hecho tanto daño al progreso del ser humano como los propios y variopintos diosecillos insensatos que parió la Historia en su transcurso y que, creyéndose redentores, sólo fueron grotescos genocidas.

Esta caterva conformada por las izquierdas resentidas y por sus cómplices, bajo la batuta de sus amos, representa la efigie siniestra de los mediocres en la hora gloriosa de la revancha. Es el suyo un mundo ceniciento y rencoroso, un tugurio de sótano con el olor corrompido de la cadaverina y de la sangre. Pero en ese hábitat de gruta desde el que oprimen y abusan de la mayoría ciudadana, se hallan triunfantes con su exaltación.

Simbolizan la actual mediocridad de España, la penosa imagen que damos en el extranjero. Les deslumbra el poder y el dinero, y se pirran por la insidiosa propaganda; por lograr el malestar, la imperfección y la infelicidad de sus oponentes, recreándose en su desconsideración hacia ellos. Son fanáticos que quieren que olvidemos la parte de la historia que los retrata como criminales, pero que a su vez nos recuerdan diariamente con sus hechos que lo malo aún está por venir.

La vida no es tan ingeniosa, irresponsable ni esquemática como nos la pintan en su cine, sus televisiones o sus publicidades y propagandas, esas artes engañosas que a tantos millones de espectadores y oyentes confunde y vuelve abyectos o imprudentes.

Del mismo modo que no debemos olvidarnos de los zapatos al salir de casa, así estamos obligados a acompañarnos siempre de la prudencia. Y la nefasta experiencia histórica habida con las izquierdas resentidas y sus cómplices debiera mostrarnos el camino que nunca se ha de recorrer.

Ahora que la táctica globalista y de sus esbirros frentepopulistas nos ha abocado a una situación insostenible, nuestro comportamiento, lejos de caer en el nerviosismo y el desánimo, debe pasar por la calma y la unidad firme y solidaria.

Aceptemos primero nuestro error al haber optado todos estos años por una actitud de resignación y silencio y reaccionemos después recuperando la iniciativa, porque si es comprensible la política seguida por las hordas satánicas, no es de recibo la pasividad de unos ciudadanos que tienen planteado un futuro con gravísimos interrogantes.

Hemos de ser conscientes de que, en la actualidad, la única salvación pasa por una mayoría absoluta para VOX.

Jesús Aguilar Mrina ( El Correo de España )