LA ( NO ) UTILIDAD DE Cs

Aquel Albert Rivera que irrumpió en la política desnudo, tapándose la entrepierna con las manos se ha esfumado. Su eslogan de entonces, «solo nos importan las personas», ha sido engullido por intereses puramente partidistas. Aquella promesa de ejercer de barricada para que los nacionalistas no volvieran a condicionar el Gobierno ha pasado a la historia.

Desde abril puede cumplirla pero mira hacia otro lado esperando un pacto entre Pedro Sánchez y los independentistas que le reporte munición mientras dure la legislatura. En sus palabras tampoco hay rastro de los valores de Adolfo Suárez. En lugar de búsqueda de acuerdo y consenso, exhibe fobia al diálogo. En vez de guiarse por la generosidad y el sacrificio en interés de España, le puede la ambición de llegar a La Moncloa.

La refundación de Ciudadanos en un partido liberal desde su origen socialdemócrata ha sido la excusa para amparar demasiadas traiciones a su ADN. La mayoría de sus votantes no hubieran perdonado que Rivera eligiera pactar con los socialistas si las cifras también le dieran para situar al PP en el Gobierno.

Pero ese escenario no se ha producido. Lo que sí ha tenido delante y ha desechado ha sido la opción de una abstención técnica. Un movimiento para dar estabilidad y fortaleza al país ante las turbulencias que se avecinan y que, bien jugado, le habría permitido negociar con el PSOE el estatus de jefe de la oposición por encima de Pablo Casado.

El trompazo que le anticipa la encuesta publicada ayer por ABC es el resultado de esa falta de utilidad política. Los devaneos de Pedro Sánchez con el independentismo le granjearon a Rivera la confianza de muchos votantes moderados de izquierda y derecha, que vieron en Ciudadanos a un partido útil: un socio que alejara a Sánchez de las garras del independentismo y el populismo. Es cierto que Rivera había prometido que no pactaría con el socialista pero, seamos serios, su historial daba pie a creer que lo decía de mentirijilla.

Ese capital ha saltado por los aires. Muchos votantes de la izquierda moderada se han convencido de que la mejor forma de evitar que Pedro Sánchez pacte con los secesionistas es votarle directamente. Y parte de los ciudadanos del centro- derecha se han dado cuenta de que la receta para alejar a los independentistas del Gobierno es uniendo fuerzas en torno a unas únicas siglas.

El error es evidente pero Rivera sigue en sus trece, empeñado en resultar creíble en el caladero de la derecha para superar a Casado dentro de cuatro años. Como si algún presidente hubiera alcanzado La Moncloa sin seducir al centro. ¿Cuál será el panorama entonces? Pues no sabemos si el bloqueo político se extenderá a 2020 en caso de repetición electoral, como para anticipar el humor del país en 2023. La apuesta de Rivera es como mínimo arriesgada y su coste para España muy alto.

¿Y qué hace el líder naranja mientras el país está en vilo, la inversión pública encallada y las reformas paralizadas? Poner la cabeza en las próximas elecciones catalanas. Inés Arrimadas ganó las últimas y Rivera está obligado a mantener el peso político de su partido allí si quiere ganar el pulso a Casado en el futuro. El PSC le pisa los talones y en esto está enfocado. No en España.

Si la palabra y el diálogo son la base de la política, ¿cuál es el papel de un partido cuyo dirigente se niega a hablar con el presidente del Gobierno? Las próximas elecciones nos darán la respuesta. Lástima que aquel Rivera audaz y desnudo, que aspiraba a continuar el legado de Adolfo Suárez no pueda contestarnos antes.

Ana I. Sánchez ( ABC )