LA NÓMINA DE SUSANA

Uno de los achaques más evidentes de nuestra política es que muchos de los mejores huyen de ella. Personas de peso, que pueden acreditar una trayectoria profesional duradera y de éxito, no quieren saber nada de los partidos ni de la cosa pública. De una generación que quería servir al país a través de la política hemos pasado a otra que aspira a servirse de la política para vivir de ella.

El perfil más repetido hoy entre nuestra clase dirigente es el que sigue: un chaval o una chica con inquietudes políticas se afilia temprano a las juventudes de un partido, a veces sin siquiera acabar su carrera; muy pronto, en la primera veintena, se convierten en concejales con sueldo; si son espabilados saltan al Parlamento autonómico, o a una consejería regional, y de allí al Congreso.

Con un poco de suerte, esas personas pueden acabar dirigiendo un partido antes de los 45, u ocupando un ministerio, o una secretaría de Estado. Todo sin haber dado palo al agua en una empresa privada, en la economía real.

Se entiende perfectamente que Susana Díaz, trianera de 44 años, casada y madre de un hijo, diga que no piensa dimitir tras su descalabro electoral y finiquitar el dominio histórico del PSOE en Andalucía. No quiere irse por pura lógica: en el envite se está jugando el caldo, su modo de vida, pues su único oficio hasta hoy ha sido y es la política. Susana, hija de un fontanero del parque móvil municipal y de un ama de casa, tardó diez años en rematar la carrera de Derecho. Normal.

Tampoco necesitaba el título con premura, pues ya gozaba de empleo fijo en la más sólida y pródiga de las empresas andaluzas: el PSOE. Con 23 años dirigía las juventudes regionales del partido. A los 25 era concejala. A los 29, diputada en Madrid. De vuelta a casa, diputada en el Parlamento andaluz.

En 2011, un añito de relax en el Senado, previo paso a consejera de Presidencia de la Junta, cargo al que llegó a los 38 años. El resto ya lo saben: sucesora de Griñán, ese faro de limpieza contable, y presidenta de Andalucía desde septiembre de 2013 hasta ahora, en que peligra su empleo.

Es comprensible el rictus contrito que marca desde el domingo el rostro de Díaz. En una ocasión, en una refriega parlamentaria con una diputada del PP que le afeó que su marido había cobrado de los cursos de formación, la presidenta resumió con gracejo la aportación pecuniaria de su cónyuge al matrimonio: «Me he casado con un tieso. ¿Qué pasa?».

Pero la presidenta tiene una casa, un solar, dos coches y una buena hipoteca encima. Se hace duro salir al mercado laboral con 44 años a buscarte tu primer empleo en la economía privada. De todas formas, Susana no debe preocuparse. Los partidos españoles tienen establecida una fórmula para que las figuras rechazadas por los ciudadanos en las urnas sigan viviendo del erario público: senadora autonómica y a solazarse en la cámara-spa.

Si los tres partidos de derechas se ponen de acuerdo, ese será el nuevo empleo de Díaz, donde a costa de nuestros impuestos seguirá luchando a brazo partido por el bienestar «de todas y todos», aunque no se sepa muy bien cómo.

Luis Ventura ( ABC )

viñeta de Linda Galmor