LA NORMALIZACIÓN DEL SUPREMACISMO

Para considerarse de una raza superior, a Quim Torra hay que reconocerle la humildad de presentarse ayer en carne mortal y playera, asunción expresa de la doctrina de la normalización que predica su compadre Sánchez. El baño de Manuel Fraga en Palomares, los posados inaugurales de Ana Obregón o el beso salado de Burt Lancaster y Deborah Kerr en «De aquí a la eternidad» expresaron en su día la normalidad -radiactiva, estival o erótica, respectivamente- a una opinión pública cuya sensibilidad audiovisual le ha evitado muchos traumas y explicaciones.

Torra en bañador es un homenaje a la españolada sin suecas ni música de Santisteban que guioniza Pedro Sánchez, una postal de aproximación a las hechuras hispánicas con la que el president parece renegar de un supremacismo que resulta insostenible con ese cuerpo. Como diría Isabel Celaá, la política va por un lado y la butifarra, por otro.

Junto a Artur Mas y unos cuantos consejeros, todos hombres, Quim Torra participó en la campaña «Mójate», que lleva veinticinco años recaudando fondos en Cataluña para los niños diagnosticados con esclerosis múltiple, una causa justa y digna cuyo bote ascendió ayer a 350.000 euros. Torra se moja como voluntario, pero la batalla contra la esclerosis múltiple no es precisamente la prioridad del movimiento altruista que encarna y representa, vestido de héroe de la independencia o disfrazado de veraneante español para el álbum de Pedro Sánchez.

Hace solo una semana y en un pispás, la «caja de solidaridad» del separatismo reunió los más de dos millones de euros de la fianza dictada por el juez Llarena contra Puigdemont y compañía, enésima colecta de una red de voluntarios que se ha dejado ya unos seis millones en propinas. Como dice un célebre eslogan del sector del voluntariado, ayudar a los demás es ayudarse a sí mismo.

Jesús Lillo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor