LA OPCIÓN MÁS TRISTE

Fernando Grande Marlasca está haciendo un papelón que no se merece porque  pone en riesgo el prestigio profesional que se había ganado a pulso con su acción como juez de la Audiencia Nacional.

Imagino que nunca fue fácil desempeñar el cargo de ministro del interior pero las cosas que se está viendo obligado a hacer desmerecen de su trayectoria, e  intuyo que incluso de sus convicciones, y eso le sucede porque cuando se sirve a alguien que no es un buen señor o se es El Cid o se dimite.

Las críticas que ha hecho al General Jefe de la Guardia Civil de Cataluña para congraciarse con los Mossos de Esquadra de dudosa lealtad constitucional, le sitúan en el límite entre la dignidad y el ridículo.

A mí me da la sensación de que en el gobierno de Sánchez hay dos tipos de ministros: los que se pinchan en vena las consignas y lo hacen a gusto porque el sectarismo les chorrea con la sangre,  y los que llaman poco la atención para que no se les note que en el fondo de sus almas aún permanece un sentimiento de respeto por sí mismos y de dignidad.

Imagino que casi nadie rechazaría formar parte de un gobierno de la misma forma que solo un loco desaprovecharía la oportunidad de pasar una noche con Jennifer López, pero cuando uno ya ha ido a la luna, ha mandado a la cárcel a cientos de etarras o ha hecho algún doctorado de verdad y nadie cuestiona su prestigio, debería saber que servir a alguien como Sánchez, que ignora donde está Huesca, es un riesgo excesivo.

Si la gente pensase en su epitafio posiblemente haría menos tonterías y tendría especial cuidado en proteger su nombre y su memoria, pero como ya nadie cree en nada y ahora en vez de guardar sus restos bajo tierra se esparcen al aire en un  campo o los arrojan al mar, el único recuerdo que queda de los que la espichan es lo que digan de ellos sus deudos, sus enemigos o los periódicos, si fueron afamados.

Tal vez por esas razones hay quienes en dilapidan en vida lo poco bueno que hicieron y no dudan en equivocarse sirviendo a quien sirvió y pidiendo a quien pidió, con lo que se condenan a ser pasto de los caprichos del inútil o víctima de su enfermiza inseguridad.

Esto sucede especialmente en la política, que es el único oficio en el que cualquier mediocre puede llegar a ser Presidente de gobierno y a partir de ese momento quienes le sirvan estarán trabajando para un personaje de menor cuantía personal, intelectual o moral.

Hay gente que va a la política para hacer carrera y otros para hundir la que ya habían logrado con años de estudios y esfuerzos.  Los primeros son los típicos arribistas que se enrolan en las filas de un partido con el fin de garantizarse  un estatus de supervivencia para toda la vida,  y aprenden pronto a perder la identidad y la dignidad sirviendo ciegamente al señor que les garantiza seguir en las listas. Los otros son gente de provecho que proviene de la sociedad civil y que antes o después se arrepienten de esa experiencia y regresan a lo suyo.

Diego Armario