LA PALABRA DEL PRESIDENTE, A EXAMEN

Pedro Sánchez llegó a presidente del Gobierno sobre la premisa de la honestidad. A lo largo de su zigzagueante carrera, la decencia ha sido el valor sobre el que ha buscado edificar su liderazgo político. En un debate electoral en televisión llamó indecente a Rajoy y se presentó a sí mismo como la alternativa honrada. Cuando dejó el escaño, alegó asimismo su integridad personal para desmarcarse de la abstención con la que el PSOE desbloqueó la gobernación de España.

Y fue la frase contenida en la sentencia de Gürtel, aquella que cuestionaba la veracidad del testimonio del presidente Rajoy, la que invocó como justificación para presentar la moción de censura que terminó colocándole en La Moncloa. Puede decirse por tanto que la ética es la base argumental de la presidencia de Sánchez. Y cuando esa base se tambalea, la Presidencia de Sánchez tiembla con ella.

Pedro Sánchez afirmó ayer, a pregunta de Albert Rivera, que su tesis era pública y estaba disponible en la base de datos Teseo, pero bastaba una somera navegación para comprobar que el acceso estaba restringido. El presidente mintió en sede parlamentaria. ¿Por qué? Diversas informaciones cuestionan la autoría de esa tesis: apuntan a un colaborador del equipo de Miguel Sebastián.

También induce a sospecha un tuit de Sánchez pidiendo bibliografía en septiembre de 2011 para “unas notas sobre diplomacia económica” cuando en noviembre de 2012 defendió la tesis, un trabajo difícil de iniciar y culminar en un año. Está en juego la honorabilidad personal del presidente, que fue su palanca para alcanzar el poder, además de la causa del cese de su ministra de Sanidad. Los ciudadanos no entenderían que el rasero por el que Sánchez pasó a Rajoy y a Montón no fuera el mismo que se aplicara a sí mismo. La cuestión de la tesis es, por ello, de la máxima trascendencia.

Pero al margen de lo que deparen las investigaciones periodísticas sobre la tesis del presidente, lo que se ofrece a los ojos es un Gobierno sin rumbo, menguado por las dimisiones derivadas de una selección apresurada e inescrupulosa, hipotecado por su dependencia del separatismo y del populismo, incapaz de aprobar un techo de gasto y paralizado por su debilidad parlamentaria en pleno desafío independentista y al principio de una desaceleración económica.

Sánchez lleva 100 días en el poder; 100 días pródigos en gestos, bandazos, rectificaciones, globos sonda y decretazos pendientes de convalidación. La fundamental de sus promesas, una vez desalojado el PP y estabilizada la situación, consistía en entregarse al veredicto legitimador de las urnas. Esa promesa fue traicionada por puro afán de poder, confiándose a la propaganda para volcar las encuestas en su favor. Pero el meteórico deterioro de su Administración ha empezado a jugar en su contra. Por el bien de todos los españoles, Pedro Sánchez debe convocar elecciones lo antes posible.

El Mundo