Entre las cosas intangibles que conocemos no existe nada más hermoso que la palabra hablada, y a veces escrita, porque gracias a cómo suena en boca de quien la pronuncia puede provocar un sentimiento de placer o de rabia, pero en todo caso de admiración si se ha sabido elegir la expresión adecuada.   Por eso los que destrozan o desprecian el idioma no saben lo que se pierden porque la ignorancia es ciega.

Andalucía, por ejemplo, es la única región de España en la que tienen meridianamente clara diferencia que existe entre decir hijo puta o hijo de puta. La primera expresión es un elogio y la segunda un insulto, porque basta una preposición para convertir la una en la otra, y esta aclaración me parece oportuna para restituir a nuestro idioma el valor de sus palabras y su correspondiente significado en su contexto.

El prestigio del  español, considerado como un idioma  universal excepto por los catetos nacionalistas  que no tienen más remedio que recurrir al castellano  para poder entenderse si un lendakari habla con un payés que se hace llamar President, se fundamenta en los millones de ciudadanos que leen, hablan y escriben  este idioma en todo el mundo, y por más que alguna ministra o ministro se empeñen en llamar niñes a los niños o palencianos a los palentinos, no conseguirán modificarlo porque el español funciona gracias al dialogo entre personas y no por imposición politica.

A mí no me choca, por ejemplo, el mestizaje coloquial entre el castellano y el inglés con el que se expresan en su hablar cotidiano los ciudadanos latinoamericanos que entreveran expresiones de ambos idiomas, especialmente entre la juventud, porque los idiomas son un instrumento de comunicación que sirve para unir y no para separar.

Una muy buena amiga bilingüe siempre me llamó «jodío moro»  y yo a ella «jodía catalana»,  cada vez que subrayábamos nuestros lugares de nacimiento como expresión de la sintonía que enriquece las relaciones humanas, dentro y fuera de espacio de la más húmeda intimidad, y traigo a colación esta anécdota para subrayar que el sexo sin palabras es un placer castrado y por eso todos nos convertimos en poliglotas  cuando la vida disfrazada de tentación nos sale al encuentro.

Desde la antigua Grecia es sabido que con la lengua se pueden hacer maravillas y con el idioma grandes progresos en las relaciones humanas.

Diego Armario