LA PALABRA QUE IGNORAN

No existe nada en el mundo que sea capaz de empobrecer la belleza de un idioma universal como el castellano, que pervive tras siglos de cultura, y de ignorancia, y que se mantendrá  indemne a pesar de estos tiempos en los que la zafiedad de las costumbres verbales luchan inútilmente contra unas palabras, o unas formas de decirlas,  que han sobrevivido a plagas peores que las presentes.

En estos tiempos a algunos les basta  poner erecto el dedo corazón para responder a un desprecio o un improperio, y no lo hacen por economía sino por ignorancia, porque si conocieran la fuerza que contiene la palabra falsario la usarían recreándose en cada una de sus tres silabas sin dejar de mirar a los ojos del tipejo al que se dirigen.

.Tal vez ignoran el destrozo que puede hacer en el alma cohibida y timorata de un indocumentado la palabra tragaldabas porque, aunque no la entienda, sospechará  que es un insulto que cuestiona su virilidad o  exacerba su afición al coito bucal

Si la gente se  reprochara conductas usando bien el castellano, hablaríamos  mejor, convertiríamos el mercado de abastos en el Palacio de Versalles, y los duelos no serían a primera sangre sino al más temprano bloqueo verbal.

De esta guisa ayudaríamos al  abundamiento del saber de nuestros interpelados  porque se verían obligados a preguntarse qué hemos querido decirles  con que “sus felonías no se compadecen con el decoro que es consustancial a toda conducta aquilatada”.

Antaño bastaba la tradición oral para aprender versos y aun narraciones de memoria, pero en este presente de prisas y síntesis  en el que las frases cortas han sustituido a las lecturas como fuente de conocimiento es menester resistirse a la simpleza del pensamiento y enriquecerlo con el lenguaje, porque es el único que jamás envejece.

La sabiduría popular siempre se alimentó de la tradición oral en tiempos en los que saber leer y escribir estaba reservado a los segundones y a los frailes,  porque a los primogénitos les bastaba la espada y despreciaban los libros.

Gracias a los débiles de antaño el conocimiento pervivió más allá de las batallas y cuando creíamos que se había universalizado el saber y puesto en valor la cultura hemos descubierto que los que más hablan más yerran y se empecinan en exhibir su indigencia intelectual desde las tribunas políticas de las que viven.

Los que yo conocí al menos eran refraneros,  sabían que nefando, execrable o perverso significaban lo mismo y podían elegir uno de esos tres fonemas para definir al rival, no como ahora que ya  ni los Presidentes escriben sus libros ni corrigen las erratas del negro que han contratado.

Pero no desesperemos  porque nuestro idioma es tan hermoso que incluso si a un indigente intelectual le llamamos zopenco, estamos construyendo la estrofa de un poema.

Diego Armario